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Era el primer sábado de agosto de 1992 y me emocionó como nunca me ha emocionado ningún otro acontecimiento deportivo la carrera de Fermín Cacho ganando los 1.500 metros en las Olimpiadas de Barcelona. Supongo que influyó el hecho de conocer su pueblo, donde una de sus industrias es, o era hace una veintena de años, un secadero de bacalao allí donde el cierzo hace surcos en la cara cuando baja del Moncayo.                 

Años después, de madrugada porque eran los juegos de Sidney 2000, contemplé entre pasmo y admiración la carrera interminable y en solitario de Moussambani, un representante de Guinea Ecuatorial, quien pudo participar gracias al sistema de cuotas para países en vías de desarrollo sin necesidad de presentar una marca mínima. Dieron por televisión toda su competición, que se limitó a esa exótica aparición. Lo importante es participar, pensé, como diría Pierre de Coubertin.       

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En las ediciones más recientes de los juegos no me he perdido una sola carrera de Usain Bolt, ese fenómeno de la naturaleza que era espectáculo puro en la pista. Y convengamos que las olimpiadas son sobre todo atletismo por más que den medallas igual por el taekwondo o la escalada que por el triatlón.

Antes de los tiempos modernos, cuando la televisión era en blanco y negro veíamos lanzadoras de peso, de disco o de jabalina de los países comunistas con apariencia hombruna que siempre ganaban. Ymás adelante conocimos algún caso de dopaje y concluimos que no solo se hace trampa jugando a las cartas.

En lo que va de Olimpiadas de Tokio hemos visto estadios fríos, silencio en vez de aplausos, instalaciones espléndidas que sin el calor del público parecen decorados de película. El desfile de la inauguración, siempre tan plástico, solo sirvió esta vez para ver que hay países de nombre Kirivati, Guam o Tuvalu que he tenido que buscar en el mapa.