No me digan que no es deprimente que, justamente con lo largo que es el año, la cepa ómicron, se le haya ocurrido ahora aclararnos que las vacunas no impiden el contagio, a lo más que llegan y eso según los que entienden de estas cosas, es conseguir que el contagio sea menos virulento, afortunadamente menos mortífero, aunque por el contrario, altamente contagioso.

Recuerdo que cuando se detectaron los tres primeros casos en España, uno en Balears, otro en Madrid y un tercero, creo que fue en Barcelona, hablando con mis vecinos, un matrimonio de médicos, él experto en virus africanos, se me ocurrió decirles que antes de dos meses la variante ómicron estaría ya extendida por toda Europa. Quien me manda a mí decir semejante cosa, ojalá me hubiera equivocado. El rápido nivel de contagio ha arruinado las fiestas navideñas, causando un quebranto ruinoso en la hostelería, que se había aprovisionado de la gastronomía que hemos hecho típica para esas fiestas, las más familiares y las más de que en la mesa no nos falte de nada. Los expertos, los que hablan y hablan de la covid-19, los que nos dicen lo que hay que hacer y lo que no hay que hacer, no dieron la voz de alarma de la que se nos venía encima, hasta que se empezaron a anular viajes, comidas, cenas y reuniones. Demasiado tarde para lo que se habían aprovisionado para esas fiestas, y, mantenían la esperanza lógica de resarcirse un poco de las navidades anteriores. Fiaban que al tener la España vacunada habíamos arrinconado el virus y sus cepas, pero eso no ha sido así, con lo que la desilusión ha sido enorme, tanto como las pérdidas económicas. Con lo visto, me siento autorizado a preguntar ¿Queda por ahí algún experto que pueda asegurar que un día en mala hora no pueda sorprendernos otra cepa que en vez de laxa no sea una maldita cepa hecha para matar?

De momento, según dicen, tenemos que estar agradecidos por estar vacunados, aceptando que por esa circunstancia, la variante ómicron se ha queda dicen, como una gripe. En cualquier caso, aunque solo sea para ver las distintas maneras de enfocar un repunte en la cadencia contagiosa, el otro día, después de ver que el sr. Presidente del Gobierno fiaba la contención del alza de contagios en la mascarilla y la vacuna, que sin duda eso es acertado, porque además es lo único que tenemos. Con todo me hizo gracia que Àngels Barceló dijera que el Presidente «había parido un ratón». Y no tiraba mala piedra la Sra. Barceló, porque el tsunami pandémico ha sido algo más que testimonial. Ojalá que por lo menos, las vacunas hayan sido el escudo protector donde la ómicron se ha estampado los morros. No me parece una aseveración prudente decir que la ómicron se ha quedado poco más o poco menos que como una gripe. Conviene recordar que la gripe que ponemos como ejemplo, hace un par de años mató en el mundo medio millón de personas, que tampoco es para echarlo a barato, claro que nada comparable a lo que pasó en 1348, que una pandemia asesina, acabó con la población de media Europa, o la mal llamada gripe española de 1918 que mató a 50 millones de personas en dos años. El dato no sería completo, si no dijéramos que en aquellos tiempos las pandemias eran tratadas con vinagre y poco más.

Ian Lipkin, Director del Centro de Infecciones e Inmunidad de Columbia, ha dicho: «vamos a vivir el resto de nuestras vidas con este virus». Pues mire usted señor Lipkin, no es poco castigo.

Tenemos que echar el resto, todo lo que esté en las manos de la ciencia y en nuestra manera de comportarnos para salir de impasse de la situación pandémica que tanto afecta curiosamente a los momentos festivos. Lo próximo será Semana Santa, después la temporada veraniega, y un virus y sus cepas no pueden acogotarnos, tenemos que ser nosotros, unos de una manera, otros de otra, los que pongamos pie en pared. Plantar cara creando un fármaco que acabe con estas amenazas que ya están afectando nuestra mente, nuestro carácter, nuestra secular forma de vivir la vida. No podemos esperar ni consentir que la covid-19 se convierta cuando le dé la gana en algo crónico. Esto es tan absurdo como cruzarnos de brazos, como si con la gripe no tuviéramos bastante.