En aquellos tiempos se labraba con un arado romano y una caballería, a veces con una yunta, la tecnología no había socorrido a los payeses menorquines en el laboreo del agro isleño, que requería un gran esfuerzo por parte del payés; era además un trabajo lento.   

Hoy, causa asombro mirar aquellas tierras de labor y pensar que había que alzar, binar y terciar, es decir, pasar la reja tres veces por la misma tierra hasta que esta quedaba sembrada. Pero no era sólo el que sembraba sus tierras de trigo o de cebada quien lo pasaba muy mal, tener vacas para comercializar su leche o para elaborar queso, vender luego los terneros, tampoco era un trabajo donde la tecnología echara una mano. La vaca comía el forraje que sembraba y cultivaba el payés, y mal se ponía la cosa cuando el ganado tenía que comer del pienso comprado en un almacén. No se conocía la técnica para almacenar pacas de forraje que unos años más tarde se empezaron a forrar de plástico. El ordeño era a mano y lento, la elaboración del queso también era totalmente manual.

Hoy, quizá lo único que aún queda, que sigue como en tiempos de Moisés, aquí al menos, en las montañas valles y llanuras castellanas, es el pastoreo tanto de ovejas como de cabras. Cuántas veces en estos días aún invernales, he salido por estos campos para intentar fotografiar su fauna: liebres, corzos, jabalíes o ciervos, por la agreste serranía de Guadalajara, y me he topado con un pastor, una borriquilla enjaezada con unas albardas donde el pastor lleva un trozo de pan, agua por si por la zona que va sabe que no hay, queso, a veces un trozo de carne de oveja hecha tasajo que el mismo preparaba de una oveja que sacrificó porque se le mancó una pata.    Iba acompañado con la impagable colaboración de uno o dos perros careas y su soledad eterna, sin hablar con nadie durante todo el día. Su desconfianza que le caracteriza porque en medio de la nada de estas parameras, el pastor rara vez verá a alguien, y, para cuando ve a alguien, no sabe quién es ni    lo que pinta por aquellos andurriales.

Al payés menorquín no le pasa eso de tentarse el cuerpo Y no alcanzar la camisa.    El agro menorquín hoy está libre de aquellos tiempos que a sus costas llegaba el bandidaje para robar, importándoles muy poco matar o secuestrar a los indefensos payeses y sus familias. No… ahora lo que sí aún puede decir, que es casi siempre su trabajo excesivo, nunca bien remunerado.

Por estas fechas del año en que estamos y que anochece tan pronto, el payés ordeñaba sus vacas y cuando estaba ya en las casas prediales, se lavará y se sentará un rato junto al agradable calorcito de la cocina de leña. Si es de la dinastía de aquellos entrañables payeses de antaño, puede que le dé candela a un cigarro de pota y comente las novedades de las que se ha enterado por la pequeña radio que lleva en el bolsillo. Le preocupa el covid-19, pero le preocupa mucho más los meses que lleva sin llover y viendo que su reserva de forraje está mermando cada día. Comentará como puede ser que el agua ya se paga en algunos lugares más cara que la leche ¿Por qué los políticos del mitin que estuvo hace dos años no hacen nada para ayudarle? Necesita ayuda, porque su situación se está poniendo cada día más cuesta arriba.    Su hijo mayor ha encontrado trabajo en un hotel; el hijo que le sigue, ya le ha dicho a su madre que si encuentra trabajo, va a dejar de ordeñar vacas sábados y domingos y el día de Navidad. No es salario el que gana para trabajar desde que amanece Dios, hasta algunas horas después de haberse anochecido.    Su padre l’amo en Bep, no dice nada mientras lía el último cigarro de pota de la jornada.