Naturalmente, Sánchez no es ni mucho menos el único amado líder al que no trago, pero quizás es el personaje al que más cuesta criticar sin recibir a cambio una mirada cargada de sospechas. Pero no, no soy facha, y sí, desprecio holgadamente a Sánchez. Ojo, que tampoco soy comunista, de manera que mi desapego no nace de su distancia con la «izquierda» representada por aquel trepa que se cortó la coleta como quien poda un ciruelo para que de más fruto, o sea, cash.

Todo el mundo sabe, incluso sus más fieles votantes, que Sanchez es un trolero compulsivo, el típico tío del que no te puedes fiar un pelo. Ni siquiera siendo uno de sus ministros puedes dormir tranquilo. Si le resulta conveniente te da una patada en el culo y coloca otro peón en tu lugar, por mucho que le hayas lamido el trasero con fruición antes de caer en desgracia. Si le resulta conveniente sostiene hoy lo contrario que predicaba ayer sin despeinarse, con un cuajo admirable.

Por supuesto, estas cualidades no son exclusivas de nuestro héroe; las poseen prácticamente todos los amados líderes que han llegado lejos en sus carreras. De hecho sospecho que los políticos coherentes que conceden valor a la palabra dada (y conozco varios, en Menorca sin ir más lejos) no accederán a puestos de primera fila, así como el ciervo que sale al claro del bosque mientras merodea el lobo lo tiene crudo.

Sigamos con Pedro el hermoso. Es cierto que sus votantes le perdonan, y creo que lo hacen fundamentalmente por dos líneas justificativas.

La primera consiste en certificar que todos los demás incumplen también sus promesas cuando pillan poder. Es muy cierto, desde luego. A mí, sin embargo no me sirve de consuelo. Si por ejemplo alguien hubiera votado a Sánchez basando su decisión en la garantía de que éste aseguró que no pactaría con x, y o z, coincidirá conmigo que si luego pactó con x, con y y con z, el escaño o escaños que ganó con mi voto huelen a podrido, dado que uno de los motivos (de gran relevancia quizá) por los que le di mi apoyo fue vilmente traicionado. Otrosí: creo que si circunstancias imprevisibles obligan por ejemplo a subir impuestos cuando prometiste bajarlos o a congelar las pensiones cuando prometiste subirlas, o cambiar de rumbo en asuntos internacionales (Sáhara sin ir a desiertos más lejanos) un mínimo de honestidad te obliga a contarles a tus votantes y a quienes no te votaron (quizás en el Parlamento) las circunstancias que te obligan a girar. Pero Pedro destaca especialmente en este punto al afrontar estos retos con mentiras, medias verdades, silencios, cortinas de humo, propaganda mediática y cara de santo.

La segunda línea justificativa se sustenta sobre la base del mal menor. Si no le voto a él, ganará el otro. De acuerdo, el razonamiento es impecable; no obstante, si doy mi voto a quien me engaña y traiciona, avalo su conducta. Personalmente me niego a ser avalista de un tipo tan infiel. Soy un soñador. Sueño que un día seamos muchos quienes nos abstengamos de dar crédito a esta casta de vividores dejando vacías las urnas y obligando al sistema a replantearse el actual estado de cosas en que la actividad de los gobernantes no acarrea ningún tipo de consecuencias para ellos aunque hagan lo contrario que prometen, aunque sigan incrementando la deuda pública sin intentar siquiera reducir el gasto institucional, tantas veces superfluo y despilfarrador, por no hablar de los chanchullos mal explicados que salen a la luz periódicamente.

Quisiera creer que Sánchez hace todas estas piruetas a las que nos tiene acostumbrados por una vocación de servicio, por un ansia de justicia, un afán de dotar a nuestra sociedad de igualdad y libertad (siempre que éstos dos conceptos fueran compatibles, cosa que no creo), pero me temo que detrás de esa carrera resilente y ciega no haya sino ambición personal (que yo no criticaría si no tuviera que pagar los gastos), una autoestima posiblemente sobredimensionada, y una falta de escrúpulos sobresaliente.

Éstos son mis motivos para, deseándole lo mejor en lo personal, celebrarlo si se fuera a freír (sus propios) espárragos.