La mentira es en muchas ocasiones más efectiva que la verdad y puede ser tan letal que llegue a ser un arma de destrucción masiva. A veces es más creíble una mentira astutamente argumentada que una verdad mal contada.

Se miente mucho ante la historia y se miente mucho, muchísimo, en el ejercicio de la política. Todo y que en algunos parlamentos mentir está severamente penado. El llamado «Ministerial inglés» tiene 36 páginas que ya me gustaría que tuviéramos nosotros en nuestro Parlamento. El del año 2019 está firmado por Boris Johnson, siendo este primer ministro. Lo reciben todos los ministros y altos cargos. El apartado 1.3 dice: «es de suma importancia que los ministros den información precisa y veraz al Parlamento corrigiendo a la primera oportunidad cualquier error inadvertido.   

Se espera que los ministros que engañen deliberadamente al Parlamento presenten inmediatamente su dimisión al primer ministro».

¿Se imaginan semejante exigencia entre nuestra familia política? Cuando incluso tenemos tipificada la mentira en nuestro ordenamiento jurídico cuando este dice que es posible mentir en un juicio. ¿Quién puede mentir en un juicio? «En el proceso penal solo pueden mentir los denunciados, los investigados y los encausados. Lo pueden hacer porque la Constitución española reconoce el derecho a no confesarse culpable que es lo mismo que el derecho a mentir». Por eso no es nada novedoso decir que hay mentiras que ganan juicios y que envilecen los sumarios como ya advertía Sabina en una canción.

¿Qué es la mentira? En mi opinión, por no liarme en la retórica, diré que la mentira «es cosa que se dice a conciencia de que no es verdad». Así de simple, así de cierto, así de claro.

Ustedes han podido ver en más de una ocasión, cuando en una comparecencia se le pregunta a nuestros políticos de relumbrón por sus avatares políticos y lo reiterado suele ser: «no me consta», «no lo recuerdo». Amnésicos perdidos que han hecho de la mentira la tabla de medusa para salir con bien del naufragio en que se andan chapoteando como vulgares batracios. Esperanza Aguirre decía que de todos los cargos nombrados por ella, solo un par de ellos le habían salido rana. «¡No fotem, doña Espe!» Cuando es notorio que llegó a tener usted más ranas que las que hay en la albufera de Valencia.

¿Tiene la mentira estatus social? Pues mire usted, no, creo que no. ¿Y sabe por qué? Porque con la mentira se llegan a conseguir privilegios que de ninguna de las maneras se lograrían    con la verdad.

Con el tiempo, quizá sería mejor decir que con los años he llegado a una conclusión entre la diferencia que hay entre la verdad y la mentira. La verdad es como las matemáticas, todo lo que no es correcto está mal. Y aun así entretengan unos minutos de su tiempo para imaginar que solo podrían seguir con vida diciendo siempre la verdad. ¡Jesús, qué agobio! Enseguida les vendrá a la memoria que San Pedro negó al Señor, o lo que es lo mismo mintió, y el gallo cantó tres veces. Puestos a    negar esto y aquello ¿cuántas veces cantaría nuestro gallo?

No pocas veces la verdad insulsa es una verdad sin interés. Terrible dilema cuando una verdad así se enfrenta a una falsedad emocionante.

Hay una mentira idiotizada y es aquella que nos contamos a nosotros mismos con el agravante añadido de que a fuerza de mentirnos acabamos creyendo que esa mentira es verdad. Es la mentira subjetiva de algunos que incluso ocupan altísimos cargos pero que no pasarían la ITV para circular por la vida ejerciendo la normalidad.