Ciutadella ofrece, el 23 y 24 de junio, con la celebración de Sant Joan, una vivencia única formada por historia, tradición, fiesta y protocolo cuya belleza y espectacularidad son de tal magnitud que magnetizan y sorprenden a los visitantes.

Al mismo tiempo, estas jornadas tan esperadas -porque en Ciutadella el año se divide en abans i després de Sant Joan- emocionan y hacen vibrar a todo un pueblo, que se siente identificado y representado por los caixers i cavallers. Después de dos años de suspensiones y restricciones, que pasan a la historia de Sant Joan como el bienio 2020-2021 en el que no se pudo celebrar la fiesta, el Diumenge des Be estalló un sentimiento atávico y muy profundo cuando el fabioler, Sebastià Salort, interpretó el primer toc, que desde la calle Santa Clara resonó con fuerza y se escuchó con claridad en toda la ciudad.

Hay muchas ganas de volver a celebrar Sant Joan, con más deseo entre los adolescentes, cuando forman su identidad, por estos dos años perdidos que quieren recuperar. La fiesta de Ciutadella también nos deja el recuerdo, tan intenso como doloroso, de quienes han fallecido el 2020 y 2021 -por ejemplo, familiares de caixers i cavallers-, que ya no tendrán la oportunidad de compartir estos momentos únicos.

Porque Sant Joan es una celebración de contrastes. Cada uno vive su propia fiesta, que cambia desde la infancia a la madurez; en la que hallamos distintos momentos, actos y espacios. Hoy se ha convertido en cita de iniciación para miles de muchachos que desembarcan, alegres y despreocupados, en Son Blanc.

Nos interpela la gran masificación, el gentío que invade los escenarios urbanos con la exigencia de planes de protección, contadores, vigilancia, controles y dispositivos policiales. Ya se ha escrito, Sant Joan puede morir de éxito. Porque no se pueden demorar más las medidas para evitar estos desembarcos masivos, con independencia de lo que diga la Unión Europea.