El Firó de Sóller es una fiesta que rememora el desembarco sarraceno, el 11 de mayo de 1561, en esta ciudad de Mallorca.

La plaza de la Constitución es el escenario de la ‘batalla’ entre moros y cristianos. Los accesos están blindados y sólo se pueden entrar 8.000 personas. El Ayuntamiento de Sóller distribuye, días antes, entre la población local, las pulseras identificativas que permiten acceder. Este año se habrían detectado la falsificación de estas pulseras, por lo que el 2023 incorporarán un mecanismo para evitarlo.

Segundo caso: los vecinos de Buñol que estén empadronados o nacidos en esta localidad valenciana recogen las entradas para participar en la fiesta de la Tomatina, declarada de Interés Turístico Internacional, que se celebra el 30 de agosto. El Ayuntamiento de Buñol se encarga de su distribución.

Ya no se puede aplazar más una decisión similar para las fiestas de Sant Joan de Ciutadella, con un criterio de ‘discriminación positiva’ a favor de los vecinos de Ciutadella, empadronados o nacidos en el municipio, tal como ya ha pedido el director, Josep Bagur Torres.

Y, como advierte Joan D. Pons Torres, «mentres un sol ciutadellenc quedi exclòs de sa festa, ja no serà un Sant Joan de dalt de tot». Porque nos llenamos la boca de la belleza, la historia, la tradición y el sentimiento de identidad santjoaner, pero la invasión y masificación de los espacios urbanos nos impide vivir el 23 y 24 de junio.

Queda un año por delante para las fiestas del 2023. La alcaldesa Joana Gomila, que no repetirá, porque tiene su mirada puesta en el Parlament, donde espera entrar tras las elecciones de mayo del 2023, cuenta con once meses para estudiar, debatir, valorar y concretar las medidas a aplicar en el Sant Joan del segundo año del bienio de Borja Saura. El objetivo es doble: evitar la masificación y garantizar el acceso de los ciutadellencs a todos los actos santjoaners.