No hace ninguna gracia ser una especie en peligro de extinción. Y no lo digo por el oso panda o el gorila de montaña, sino por el homo sapiens, especie que empezó siendo invasora y que puede desaparecer de la faz del planeta si seguimos por la senda autodestructiva que nos caracteriza. Estamos preparados para hacer frente a todo tipo de amenazas y peligros: desde virus mutantes a depredadores de dientes afilados. Lo que no se ha visto nunca es que un animal, por limitado que sea en muchos aspectos, trabaje activamente en degradar su entorno, fastidiar su hábitat y provocar cambios potencialmente letales en su milagroso ecosistema.

No todo depende de nosotros, como muchos piensan. Basta con estudiar las glaciaciones que ha visto el planeta y otros cataclismos geológicos para saber que somos huéspedes provisionales y no propietarios. Huéspedes ruidosos, molestos, exigentes y maleducados.

Alguien dijo que el tiempo no pasa, que pasamos nosotros. Por eso, tanta obsesión por controlar y dominar resulta patética.

Vamos hacia una dictocracia. Todavía no consta en el diccionario pero ya enseña su patita siniestra. Una democracia degenerada que solo conserva el ritual de ir a votar mientras todos los requisitos originales para hacerlo se han ido al carajo. Ni separación de poderes ni educación suficiente para no ser masas de borregos abducidos por la propaganda de última generación y conducidos dócilmente al matadero.