A veces oímos hablar de la burbuja inmobiliaria. Y no solo de esa. El mundo está lleno de cosas que se van hinchando hasta que estallan. Hay burbujas financieras, pero también imperios que ahora, desde un punto de vista muy lejano, vemos cómo se desvanecieron en el aire. El imperio romano, el español, el británico o el americano son realidades que se van expandiendo hasta llegar a un límite y son sustituidos por otras realidades incipientes que crecen y se multiplican hasta parecer irrompibles. Tenemos la costumbre de pensar que las cosas durarán para siempre, que lo conseguido es inamovible, que es más importante tener que mantener. Pero la fugacidad, fragilidad y futilidad son leyes generales de la naturaleza. Somos burbujas que algún día harán ¡pum! En lo político, se suceden fenómenos gaseosos donde los crédulos, tarde o temprano, se llevarán un cruel desengaño. «Despierte el alma dormida», aconseja el poeta contra nuestros autoengaños. Ser realista se confunde en la sociedad hedonista con ser aguafiestas. Si todo el mundo se forra con las criptomonedas, no vamos a ser menos. Antes de las elecciones, todo será gratis. Aquí en Menorca, el tren turístico. La deuda pública es una burbujita de nada.

Somos incorregibles. A una burbuja le sucede otra y nosotros seguimos inflándolas hasta que explotan en nuestras narices. Mientras tanto, nos hablan de burbujas y solo pensamos en brindar antes de que se desbrave el champán.