Vaya por delante todo mi respeto pero también la prudencia de la más elemental mesura en la alabanza.

«Un ser irrepetible», «reina de nuestros corazones», «figura perpetua de la monarquía», «madre de todos nosotros», «la figura más grande del siglo XX», «conductora de su país», «hacedora de una era histórica», «constructora de una era que termina con ella», «el mundo llora su fallecimiento».

Catarata de panegíricos necrológicos excesivos porque en mi opinión personal la adulación empobrece el alma de quien la recibe a la vez que envilece a quien la utiliza. También podría yo decir que la persona que se alimenta con la adulación, más le valdría morirse de hambre. En cualquier caso todo puramente exagerado y no creo que sea de ninguna manera lo más loable agarrarse a la exageración. Por otra parte se han dado también esas exageraciones en decisiones puramente gubernamentales como los días de luto oficial y bandera a media asta en Madrid. No han sido pocos los que han tachado todo eso de «gesto paleto». Algunos ingleses con una economía de pura subsistencia leen ahora en cierta prensa los trapos limpios y los trapos sucios que han sacado a relucir de la familia británica.

La reina Isabel II era una de las mujeres más ricas del mundo. Con todo y con eso, el mantenimiento de las prerrogativas reales costaba un «potosí». En 2021 la reina recibió 99,10 millones de euros para hacer frente a los gastos que tenía, que no eran  precisamente pocos. Tenía bajo su cargo 18.000 hectáreas de tierra, nueve castillos entre un verdadero atestado de otros bienes, algunos tan extraños y decimonónicos como 32.000 cisnes, no se sabe cuántos delfines, ballenas y esturiones, todos los que nadaban en aguas del Reino Unido que precisamente son parte de la herencia que recibirá el rey Carlos III. Eso sin dar una ojeada para aforar las cuadras reales con caballos  que van de potrancas de cría a puras sangres, que compiten en los más prestigiosos concursos hípicos ingleses. Se ha llegado a pagar 70 millones por un semental y 250.000 por una eyaculación de un campeón, algo más de 41 millones de pesetas. No deja de ser por ello doloso que la reina con su inmensa fortuna estuviera liberada de pagar impuestos, y eso que lleva 70 años ilustrando la libra esterlina.

La reina Isabel II llegó a ceñirse la corona a los 25 años, sin embargo los reyes británicos han sido reyes de mayores, el último Carlos III con casi 74 años; Guillermo IV fue coronado a los 64 años, eso tuvo que ser en 1830; Eduardo VII fue coronado en 1901, tenía 59 años; dicen quienes lo sufrieron que todo su reinado fue una crisis constitucional prácticamente continua; Jorge IV fue rey a los 57 años, eso tuvo que ser en 1820, no falta quien lo haya calificado de un reinado desastroso. Quizá por eso Walter Bagehot dijo: «para ser un buen rey conviene ceñirse joven la corona». Pues con Carlos III eso ya no es ni aproximadamente posible.

Si mi información es correcta, las leyes inglesas se caracterizan entre otras cosas, por una amplia libertad de testar: no existen las legítimas o herederos forzosos, salvo que la autoridad judicial declare que una parte debe ir a familiares en estado de dependencia económica. Lo cierto es que pasarán según cuentan los que saben estas cosas, más de 100 años para llegar a saber toda la herencia que deja Isabel II y a quién.

Algunos politólogos afirman que el mayor acierto de la reina Isabel II durante su reinado fue no meterse en política, como decía el otro. Por eso no tenía enemigos políticos.

No puedo terminar mi artículo sin contar la anécdota que cuenta Enric González; cuenta que «Jac Chirac y la reina iban camino de Buckingham en la misma carroza real cuando uno de los caballos soltó un pedo estruendoso. Isabel II, propietaria de los caballos, se sintió obligada a decir algo: «lo siento», murmuró. Chirac se apresuró a responder: «oh, no se preocupe, yo creía que había sido el caballo.»

En cualquier caso God save the king.