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Sin mayoría absoluta, no queda más remedio que pactar. Pero cada pacto tiene su impacto en la opinión pública. Todos quieren gobernar sin depender de nadie pero, si no es posible, hay que tener en cuenta los principios y las prioridades. Feijoo aspira a una mayoría suficiente para no necesitar a Vox, pero lo que no puede permitir es que siga Sánchez en el poder con sus socios y socias.

Y aquí entra en juego la propaganda electoral de cara al 23 de julio y la pasión de cada uno para vender el acuerdo o satanizarlo, según la ideología del opinante.

Desde los que se creen legitimados para pactar con quien sea (candidatos que han asesinado sin arrepentimiento o secesionistas que siguen con su objetivo por otros medios) a los que niegan la legitimidad de los demás, preconizando todo tipo de horrores y desgracias en caso de acuerdo.

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Hemos vivido pactos Frankenstein con toques Drácula (que te chupan la sangre y el dinero) asaltando instituciones como la Fiscalía General del Estado, mientras se quiere dejar al PP sin Vox ni votos. O sea, sin alternativa.

Son malos tiempos para los que, políticamente hablando y para utilizar una terminología actual, somos no binarios.

Veremos cosas curiosas. Desde el pacto con un proyecto claro basado en acuerdos para mejorar las cosas sin discriminar a nadie, a algo así como ese juego de las sillas que cuando se para la música tienes que sentarte donde puedas o te quedas sin sitio.