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La parábola de los viñadores homicidas es como un compendio de la historia de la salvación. En las Escrituras es frecuente comparar a Israel como una viña que, pese a todos los cuidados divinos, en vez de dar dulces frutos dio agrazones y el Señor quiera destruirla. La viña es ciertamente Israel, pero también somos cada uno de nosotros. Cristo es la verdadera vid que comunica vida y fecundidad a los sarmientos que somos nosotros, los bautizados. Sin esta unión con Él, por medio de la Iglesia, no podemos dar fruto. El fruto que Dios, el viñador, nos pide: las buenas obras.

Por eso todo cristiano debe examinar si el Señor encuentra frutos abundantes en su vida, abundantes porque es mucho lo que se le ha dado. Si ha puesto amor de Dios en el cumplimiento de los deberes ordinarios de la vida, del trabajo bien hecho, del espíritu de servicio con quienes convive, de las contradicciones bien aceptadas. Si ha dado lugar también a frutos amargos, el pecado. La experiencia de las propias flaquezas está patente en la historia de cada hombre. Nadie está enteramente libre de su debilidad. Los pecados, fruto del egoísmo, están íntimamente relacionados con esa muerte del Hijo amado, de Jesús: «Y agarrándole lo echaron fuera de la viña y lo mataron». La piedra angular que los constructores rechazaron.

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Para producir los frutos que Dios espera de cada uno necesitamos pedir al Señor que nos conceda su gracia en abundancia para aborrecer todo lo que le ofenda. Los descuidos en la caridad, los juicios negativos sobre los demás, las impaciencias, los agravios guardados, la dispersión de los sentidos, el trabajo mal hecho..., hacen mucho daño al alma. Por eso dice el Señor «cazad las pequeñas raposas que destruyen la viña». Es necesario que nos empeñemos en rechazar todo aquello que no es grato al Señor. Las flaquezas han de ayudarnos a fomentar los actos de reparación y desagravio.

San Pablo nos dice en la segunda lectura de hoy: «Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable, todo lo que es virtud o mérito, tenedlo en cuenta». Las realidades terrenas y las cosas nobles de este mundo pueden llegar a tener un valor divino. Son los asuntos que cada día tenemos entre manos lo que hemos de convertir en frutos para Dios, pues no se puede decir que haya realidades que sean exclusivamente profanas. Todo lo humano noble puede ser santificado y ofrecido a Dios.

Cada jornada se nos presenta con incontables posibilidades de ofrecer frutos agradables al Señor. Desde que nos levantamos son muchas las ocasiones de sonreír a los demás, de tener una palabra amable, de disculpar un error, cuando nos esforzamos en hacer bien el trabajo, la puntualidad, el orden. Para producir estos frutos solo es necesario poner amor de Dios. Quiero terminar con las palabras de Jesús citadas por san Juan (Jn 15, 5-8): «El que permanece en Mí y Yo en él, ese da mucho fruto, porque sin Mí no podéis hacer nada… En esto es glorificado mi Padre, en que deis mucho fruto y seáis discípulos míos». Ya lo decía el Señor por boca de Isaías: «Mis elegidos no trabajarán en vano». Grande será su recompensa.