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Cuando este próximo jueves 25 de abril se cumplan 50 años del golpe de estado que protagonizó el denominado Movimiento de las Fuerzas Armadas (MFA) dirigido por un grupo de jóvenes oficiales, viene a mi memoria e intento repasar lo que ha sido medio siglo de vida de un Portugal hermano, comparado con nuestra propia realidad. La Lisboa de aquel abril del 74, sumida en un entusiasmo popular, recordaba algo al otro abril de Madrid en 1931.

Indiscutiblemente el MFA contagió a un sector minoritario de nuestras Fuerzas Armadas -la UMD-.

Aun vestido de románticos claveles, la Revolución se apoyaba en una ideología marxista, por la que el PCP, venía luchando desde hacía años contra el Estado Novo instituido por Antonio Oliveira Salazar en 1933. No obstante, con el esfuerzo de las guerras coloniales, su detonante sería corporativo. Un decreto de 1973, promovía el ascenso de sargentos a oficiales para cubrir    bajas de los cruentos conflictos de Ultramar. Aunque fue anulado, el enfrentamiento corporativo resultó irreversible y derivó en una conspiración contra el Régimen. Portugal era dos mundos. Cuando los revolucionarios eligen la canción    «Grándola, Vila Morena» prohibida por la dictadura, destacaban una de sus estrofas: «A sombra duna azinheira que ja nao dabia idade» es decir a la sombra de una encina que ya no cumplía edad,    símbolo caduco de un mundo rural dominante, que entendían no daba respuesta a sus problemas reales. El movimiento que tuvo fracasados antecedentes, llevaría a Portugal a una época convulsa que comenzó cuando tras el levantamiento militar, el Gobierno de Marcelo Caetano    atrincherado en un cuartel, capituló, poniendo como única condición entregar el poder a un militar de alta graduación. Tras ello fue autorizado a exiliarse en Brasil. Empezaba una aventura revolucionaria que finalizaría año y medio después en noviembre de 1975.

Ya en Septiembre de 1974, tras una masiva manifestación contrarrevolucionaria, el general Spinola que presidía la Junta de Salvación Nacional, intentó sin éxito poner un dique de contención a la deriva revolucionaria en nombre «de la mayoría silenciosa». Insistió en otro golpe de timón en Marzo de 1975 sofocado por el    MFA que dirigía con mano de hierro su verdadero ideólogo Otelo Saraiva de Carvalho. Tiempos de grandes nacionalizaciones, de reforma agraria, de descolonizaciones, de un nuevo régimen socialista más maoísta que socialdemócrata de corte europeo. Tambien de presiones exteriores: Portugal pertenecía    a la OTAN

Todo se dilucidó en las elecciones del 25 de abril de 1975 con una clara victoria moderada (38 por ciento de los socialistas y 26 por ciento de renovadores salazaristas -una especie de UMD nuestra- contra un 12,5 por ciento del Partido comunista y un 4 por ciento del MDP que conformaban la base social del MFA que no aceptó    el resultado, cuando se consideraba    titular legítimo el movimiento revolucionario. Tanto que en noviembre daban otro golpe, que amortiguó con su victoria sobre Otelo Saravia (16,5 por ciento), el general Ramalho Eanes (61,5 por ciento) elegido presidente de la Republica.

En este verano caliente, se habían independizado Guinea-Bissau, (septiembre 1974), Mozambique, (septiembre 1975) y Angola (noviembre 1975), con las consecuencias económicas y especialmente humanas derivadas de procesos mal diseñados con urgencias revolucionarias. Consecuentemente estados fallidos arropados sin éxito por la órbita comunista que pocos años después, tuvieron que ser socorridos por Naciones Unidas con misiones –Unaven y Onumoz– en las que participamos –¡cosas de la historia!– jóvenes oficiales españoles que, recordando la historia de nuestro siglo XIX y comienzos del XX, no se sintieron atraídos en abril de 1974 por los cantos de sirena que llegaban de sus compañeros portugueses.

Hoy, sigo considerándolos hermanos y en cien ocasiones –Academias Militares, Unión Europea, OTAN, Bosnia, Iraq o Afganistán, recientemente en un Coloquio Internacional organizado en Sintra por la Academia Portuguesa de Historia y nuestro Emilio de Diego– como tales nos hemos tratado.

Políticamente, siento sana envidia por hacer de la moderación su forma de gobernar, situando a políticos portugueses al frente de organizaciones internacionales. El Presidente de su Gobierno, Costa, dimitió por unas supuestas corrupciones sin que se hayan probado vinculaciones personales. Tras las nuevas elecciones la distancia entre los dos partidos mayoritarios es de dos diputados. Gobierna el partido más votado. Aquí el PP supera en 16 al PSOE. Y para evitar que radicales determinasen la presidencia de su Parlamento, los dos partidos decidieron turnarse en ella. Ambos han apoyado al presidente de la República Rebelo de Sousa en la toma de la difícil decisión de disolver el parlamento de Madeira -una especie de 155- ante graves casos de corrupción.

Muy jóvenes, crecimos con las estrofas de aquella estudiantina    que se preguntaba «¡Ay Portugal por qué te quiero tanto!».

Yo añadiría hoy al «vinho» verde y a sus mujeres hermosas: «porque eres ejemplo para nosotros de convivencia política».

* Artículo publicado en «La Razón» el jueves 11 de abril.