No conozco a David Martínez Director del Parc Natural de S´albufera y tampoco conozco personalmente a la artista Nuria Román. Pero al parecer, y según noticia de su periódico de 3 de noviembre, el primero ha evacuado un informe negativo en relación con la permanencia de una escultura de la segunda    en la playa de Mongofra. La obra pertenece a un proyecto titulado Latitud 40º Coser la Tierra que, simbólicamente claro está, intenta acercar aquellos espacios por los que pasa el paralelo 40. Entiendo que la alegoría artística expresa    un deseo de acercamiento de territorios, de paisajes y por encima de ellos de personas que los habitan con el arte como elemento catalizador. Otras agujas similares están ya colocadas en otras partes del paralelo 40 y quitarla de aquí supondría, simbólicamente claro está, negar la voluntad de acercamiento a personas de otras partes.

No me cabe la menor duda de que el Sr. Martínez actúa conforme a la norma y en aplicación estricta de disposiciones que en su vocación de mantenimiento y recuperación de los ecosistemas tienden a regular no solo la necesaria protección de los territorios en degradación paulatina sino, a su través,    la forma de vida de los humanos. Personalmente creo que bien poca protección vamos a conseguir con la insoportable inflación de normas que padecemos si no se modifican los comportamientos de relación de las personas con su entorno como bien conocen agricultores, ganaderos y habitantes rurales.

La aguja de Mongofra la «siento» más unida a esos tipos de vida que han protegido el territorio que a las normas que con burocráticas disposiciones persiguen protegerlo y al parecer, por la necesidad de ser modificadas y sustituidas continuamente por nuevas normas cada vez más «prohibidoras», no lo consiguen.

Pero yendo al terreno de la norma para que no se piense que me voy por los cerros de Úbeda, me gustaría conocer (es un deseo retórico) si en el informe del Sr. Martínez se constata que    la escultura ha inducido procesos de degeneración de la flora o la fauna    de su alrededor, transformaciones edafológicas irreparables o bien ha alterado determinantemente el ecosistema de s´albufera, o ha servido de anidación a especies no deseables o induce a una visita desmesurada de personas que quieran participar de su sugerencia artística y que aplastan todo lo que pisan. Si no se producen estos mecanismos degradantes, el informe negativo tendrá que estar basado en el impacto sobre el paisaje, es decir en la consideración de criterios aun hoy subjetivos (o culturales) y que solo dejarán de serlo con un adelanto importantísimo de la psicología de la percepción y la neurociencia ligada a ella o bien de la educación en criterios básicos de la función artística.

Ya sé que de nada vale y que a nadie le interesa mi opinión, pero para que quede, al menos, en mi conciencia, quiero manifestar que la eliminación de la obra artística de Nuria Román, ni por los materiales con los que está elaborada, ni por su verticalidad, ni por su dimensión, ni por su inspiración simbólica, me parece que degraden en absoluto el entorno en el que está ubicada si no que lo enriquece e ilumina.

Y a pesar de que con gran elegancia la autora señale en el reportaje que la obra tiene una condición efímera y que no le importa que la quiten, a mí me parece que lo que está en juego en este tema es bastante más que quitar un tronco de una playa.