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Las contradicciones forman parte de la vida y aunque siempre hay jueces sociales que las denuncian y las condenan, quizá deberían verse como algo normal, que nos afecta a todos. La perfección ha sido descartada por la misma naturaleza y no creo que nadie la pretenda. Circulan por la red reportajes de apariencia científica que interpretan las contradicciones de la Iglesia y que cuestionan sus orígenes. Seguramente intentan captar adeptos del descrédito, reclamando una fe ciega basada en el antagonismo y en datos esotéricos imposibles de contrastar. La Iglesia, como todos tiene sus contradicciones históricas y actuales. Recuerdo estos días a un misionero laico que nos mostraba fotografías de niños de América Latina, huérfanos y algunos mutilados por las minas, y nos decía que eran más felices que los hijos de la sociedad del consumo. Ahora, esa imagen contrasta con otras que expresan el dolor por el desastre de Haití, por un terremoto que, como decía el Fons el miércoles, en Japón no habría causado muerte alguna.

Muchísimas personas se han lanzado a ayudar a ese país. Algunas, como Tomé Garriga, son gente de Iglesia, que no llevan a cabo su compromiso sólo cuando se produce un desastre, sino cada día. Vale la pena dar menos importancia a las contradicciones y más valor a las personas valientes que están donde deben y quieren.