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El viajero en sus trashumancias, a veces se da de bruces con sus ancestros geográficos más amables.

Paseando por Santa Pola, haciendo tiempo para embarcar para visitar la isla de Tabarca, tuvimos la sorpresa de pasar frente a una cafetería, cuyo evocador nombre para el caminante es Cafetería Ciudadela. Los actuales dueños son emigrantes y poco, más bien nada, supieron decirnos de los antiguos propietarios.

El otro día, queriendo visitar la exposición de pintura de los impresionistas franceses, que actualmente ofrece la Fundación Mapfre en la madrileña calle Recoletos 23, nos encontramos con tanta gente haciendo cola que decidimos dejar pasar unos días.

En cualquier caso, en la National Gallery de Londres ya disfrutamos, hace unos años, de lo mejor de la pintura impresionista francesa.

Así que decidimos pasear por calles y plazas madrileñas, sin ninguna "carta de ruta" prefijada.

Y de esta suerte llegamos a la Plaza 2 de Mayo, y no se imaginan qué sorpresa, dos cafeterías juntas, una por nombre Ciudadela, cerrada, y la otra Café de Mahón, establecimientos fundados por un mahonés, en la actualidad pertenecen a la misma dueña, una simpatiquísima joven y guapa empresaria de hostelería, vasca, doña Itsasne Arratibel, que nos atendió con extraordinaria cordialidad, mientras desayunábamos una tostada con sobrasada y queso de Mahón.

Y porque por mucho que la tierra tire, no me pareció un buen maridaje pedir una "pomada" o una copita de gin, que de ambas cosas hay en el Café de Mahón, además de una surtida carta para desayunar o merendar acercando los desayunos a la madrileña Plaza del 2 de mayo de otras capitales europeas: Barcelona, París, Berlín, etc.

Itsasne nos contó que había alquilado casa en "es Grau" y que Menorca le encanta. Luego, más atentos a lo que se puede degustar en el Café de Mahón, nos informaban de que mucha gente pasa para tomar la ginebra menorquina, o la pomada, y cómo no, también el queso de Menorca y la sobrasada.

Quién nos lo iba a decir, que en este Madrid de común exagerado, por una cola interminable, pasáramos una mañana sin rumbo por las viejas callejuelas para acabar, tan gratamente, saboreando productos de Menorca y hablando de esa tierra que el caminante, a fuerza de cariño y añoranzas, lleva tatuada en su memoria.

En el Café de Mahón pueden degustar platos que podríamos decir casi curiosos para quien está acostumbrado solamente a la gastronomía española. Si un día en buena hora entran en esta cafetería, prueben el humus que hunde sus raíces gastronómicas en la cocina árabe.

Y si es usted de los de tomarse un desayuno con carácter, encontrará una estupenda cecina, que se la aconsejo sobre pan tostado y con una copa de un tinto de crianza, incluso un Rosado de Navarra, ligeramente fresco.

Ya les garantizo que con un desayuno así, sale uno del Café de Mahón que no se lo lleva el aire.

Si es usted de los que van por una cocina más de autor, pruebe el carpaccio de buey con parmesano, la empanadilla japonesa, el quiche y nos dice Itsasne, el salmorejo en verano.

A mí, qué quieren que les diga, lo que me supo a gloria fue la sobrasada y el queso de Mahón.

El próximo día probaré un gin servido en una copita helada, que es para mí la manera más agradecida de tomar este genuino destilado menorquín.

Y no les digo nada para un menorquín, haciéndolo además en un local con sabor y memoria mahonesa.