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Érase una vez, un mago que pasó por allí sin haberse anunciado. Le llamaban el señor Matemáticas y representaba su espectáculo ambulante por calles y plazas, congregando a un gran número de curiosos. Dejaba perplejos a los transeúntes que se paraban frente a su improvisado escenario: resolviendo ecuaciones, despejando incógnitas y sacándose teoremas de los bolsillos.

Un número que llamó mucho la atención fue aquel en el que, pronunciando las palabras mágicas: "con tantos por ciento, simplifico un momento", y tocando unas cifras con su varita de medir, redujo la población del mundo, a un pueblo de cien habitantes.

De pronto, los 6.300 millones de seres humanos que habitan el planeta, quedaron convertidos, por obra y gracia de la regla de tres, en una pequeña aldea repartida del siguiente modo: 60 de origen asiático (de los cuales, 20 eran chinos y 17 indios), 14 americanos (6 del norte y 8 del sur), 13 africanos, y 12 europeos. Por sexos, 52 eran mujeres y 48, hombres. A la hora de realizar sus cultos religiosos, había 33 cristianos, 20 musulmanes, 13 hindúes, 6 budistas, 12 no religiosos, 2 ateos y los otros 14, estaban repartidos entre otras religiones minoritarias. 30 eran de raza blanca, y 89 vecinos eran heterosexuales. Solo 6 personas, poseían el 59% de la riqueza. 50 habitantes tenían que vivir con 2 dólares al día, y 25 con 1 dólar. Entre 15 individuos, producían más de la mitad del CO2 del pueblo.

25 consumían 3/4 de la energía total, y los 75 restantes consumían el otro cuarto. 17 no tenían ni servicios médicos, ni agua potable. 50 padecían malnutrición. Y 80, residían en una vivienda de mala calidad.

20 disponían del 87% de los vehículos y del 84% del papel utilizado. 9 disfrutaban de acceso a Internet. Solamente uno, con nivel de estudios universitarios. Por cada persona que moría, 2,3 nacían cada año. A ese ritmo, el pueblo contaría con 133 habitantes en 2025. Otras características, que fueron apareciendo, se concretaban en que 18 eran analfabetos, 33 poseían teléfono móvil, 27 eran menores de 15 años, y 7 mayores de 64 años. Había 18 coches en el pueblo, 63 personas no tenían acceso a condiciones sanitarias adecuadas y 53, con serios problemas para subsistir. Un vecino tenía sida, 26 eran fumadores, 14 sufrían problemas de obesidad… Aquello era un baile de cifras, que iban cambiando y actualizándose, ante la atónita mirada de los espectadores.

A los que contemplaban el truco, embobados, todo les parecía, como por arte de magia, más sencillo y fácil de solucionar. Si entre ellos se ponían de acuerdo, pensaron, los problemas que tenían, se podrían solucionar fácilmente. Y por fin, reinarían la justicia, la paz y la armonía entre todos.

Pero cuando aquel esotérico personaje siguió su camino y desapareció a lo lejos, todo el mundo, de repente, volvió a encontrarse con la misma realidad inexacta, caótica e inmanejable de siempre.