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Como si fuera una perversión que nos distingue, de la que al día de hoy no hemos sido capaces de desprendernos, España lleva el estigma de las dos Españas. Y como dice la canción, una de las dos mitades siempre nos parte el corazón.

El otro día mismo, media España era del Real Madrid y la otra media del Barcelona. Total, porque ambos equipos iban a jugar un partido de fútbol. Y aún podría añadir que media España era de Messi y la otra media de Ronaldo. Desde esta fatua realidad, vamos de lo lúdico a lo serio, de lo jocoso a lo obsceno. Ahora mismo España se divide entre los que están a favor de que el juez Garzón sea juzgado y si hay causa punible, condenado; mientras que la otra mitad considera "un dislate, un disparate, un mundo al revés" que a este juez le hayan colocado, quien menos se esperaba, en este purgatorio procesal que amenaza con abrirle de par en par las puertas de "Pedro Botero" para arrojarlo a la vergüenza de convertirlo en un juez inane de toga y puñetas cogiendo polvo en el armario.

Todo esto porque, entre otras razones, este juez ha osado hurgar en la España de las víctimas y los verdugos. Media España dice que todo lo que fue dejó ya de ser, mientras que la otra media quiere recuperar el tiempo de los verbos, lo pretérito por presente de aquellos días trágicos de, cuando además de perder la guerra, se les negó el derecho a los que la perdieron, de cualquier reparación que en justicia pudiera asistirles.

Hilvanamos deprisa y corriendo una amnistía que dejaba los desmanes franquistas de después de la guerra como si estos no hubieran existido. Teníamos ante sí la posibilidad histórica de un futuro que nos alejase de una cruel guerra civil y de cuarenta años de dictadura. Tras la muerte del dictador ese horizonte pudo más que ninguna otra consideración, de manera que así se hicieron las cosas, dejando a unos y a otros, vencedores y vencidos, como si aquí nada hubiera sucedido.

En Argentina inventaron la ley del punto final, que dejaba también a medio país en la indigencia de la injusta justicia, convirtiendo a la justicia en un derecho para disfrutarlo precisamente sólo aquellos que la habían vulnerado, cometiendo las más atroces tropelías desde el poder, mientras los que habían tenido que pasar por perder a sus seres queridos, torturados y hasta arrojados vivos desde un avión, se les negaba cualquier posibilidad de justicia porque se habían sacado, como saca un ilusionista de la chistera una paloma, una ley de punto final. Y así quieren que siga transcurriendo la historia.

Aquí tenemos a media España, la que ganó la guerra, que recuerda, nada más que alguien toca el tema, a la otra media España que ellos la perdieron. Uno de aquellos que estaba en la media España que ganó la guerra, dijo en uno de sus bandos militares: "hay que sembrar el terror eliminando sin escrúpulos ni vacilación a todos los que no piensan como nosotros". Una de las cosas malas de aquella terrible guerra y de esa forma de pensar, fue que algunos de los vencedores que ostentaron el poder, siguieron durante años pensando y actuando con los vencidos con la letra y el espíritu de aquel bando. Y siempre han olvidado que no puede pensar igual quien tortura que quien ha sido torturado.

Los que cometen desde el poder sanguinarias tropelías, cuando se les termina el privilegio dictatorial, sean estos de izquierdas o de derechas, procuran, en un postrer uso de su poder, dejar tras de si unas leyes que les protejan y llega a tanto su cinismo o el convencimiento de tantos años de poder, de pensar "que todo lo hicieron por el bien de su país", y consideran inadmisible que se les recuerde su pasado y menos aún que se les señale como lo que realmente fueron.

Los dictadores de izquierdas y los dictadores de derechas, siempre han mantenido su poder desde el miedo que su poder transmite a sus gobernados, más bien a sus oprimidos. Y ese miedo lo genera la dureza con que son aniquilados los que se atreven a pensar de forma diferente a sus intereses.

Pero la historia es tozuda y a veces absuelve a quienes sin ser culpables han cargado con la culpa ajena, de igual forma que también señalan a quienes desde el poder que ganar una guerra les confería, cometieron después, en tiempos de paz, un sinfín de tropelías y atrocidades.. Los dictadores, todos los dictadores, ostentan el poder no por la fuerza de la razón, si no por las razón de la fuerza ejercida aunque hayan tenido que cometer barbaridades, como por ejemplo en la plaza de Tiananmen en Pekín. Puede que las leyes no les alcanzan nunca, pero la historia no les absolverá jamás.