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Empezaremos por el final, es decir, por la moraleja: "cuando los animales se reúnen, lo más probable es que haya alguna rebelión".

Porque la verdad, no es muy natural. Los animales tienen su propio hábitat, sus pautas de comportamiento, sus cosas… unos se comen a otros…algunos son gregarios y otros solitarios, unos herbívoros y otros carnívoros, vertebrados e invertebrados, pero reunirse y conversar, lo hacen pocas veces. Más hete aquí que ese día, les dio por congregarse de nuevo, en una granja abandonada, para compartir sus problemas y proponer soluciones.

Presidía el encuentro su alteza el águila imperial, junto al rey león, que hizo una seña para que se mandase callar a todo el mundo.
- ¡Silencio! – vociferó el chimpancé.
- ¡Silencio! – repitió el loro.

Su majestad les dio la bienvenida y les dijo: tenemos que arreglar las cosas que tanto nos preocupan o estaremos pronto en vías de extinción, como el pájaro carpintero por falta de madera. Espero que surjan ideas nuevas e interesantes y que reine un ambiente distendido, sin demasiados gruñidos.

Se dieron por iniciadas las sesiones de trabajo. Los esforzados depredadores discutían con los carroñeros, surgieron un montón de disputas territoriales, los burros querían salirse siempre con la suya, y la mosca cojonera pronto enrareció el ambiente con sus protestas e intervenciones fuera de lugar.

El lince afirmó, entristecido, que tenía muy buena vista, hasta que le dio por criar cuervos. La ratita, presumida, no paraba de hablar de si misma y otros animales estaban siempre discutiendo, como el perro y el gato. El lobo, feroz, se levantó indignado de la mesa.

- Hola, soy el pavo – se presentó uno muy arreglado, que llegaba tarde.

- ¿Eres el pavo real?

- Sí, puedes tocarme, si quieres.

Poco a poco, aquel guirigay se fue calmando gracias a la intervención expeditiva del perro policía, y cada cual pudo dar su opinión, respetando los turnos y el derecho de réplica.

Pese a todos los esfuerzos, no se consiguió llegar a ningún acuerdo. La reunión fue un desastre y los animales, irritados y dolidos tras largas horas de discusiones y peleas, sólo pudieron ponerse de acuerdo en una cosa: que la culpa de todo, la tenía otra vez el chivo expiatorio.