TW
0

La Ciudad del Paraíso, Málaga, según el Nobel de Literatura Vicente Aleixandre, tiene sucursal: Arroyo de la Miel. Un pavo real, enmarcado en el triángulo rojo de una señal de tráfico, la acredita en el Camino del Prado. Tendría que ser stop: parada obligatoria, aparcar en el perímetro del cercado jardín y entrar al Parque de La Paloma y a la Biblioteca Municipal en el mismo entorno. Repitiendo la indicación, para que no haya dudas, en un marcapáginas que tengo dice"...si cerca de tu biblioteca hay un parque, es que estás en el paraíso".

El conocimiento agiganta y redime la condena de los titanes por su guerra contra los dioses. Las columnas mitológicas que aguantaban la bóveda celeste se derrumbaron. Atlas ya no sostiene el mundo en sus hombros: lo aguantamos todos.

Todos los que sueñan una realidad distinta necesitan la belleza y concurren a ese edén andaluz para aprender en los libros y en la naturaleza. Belleza de rostros estudiantes en los ojos y de cuerpos que pasean, huelen y tocan la fauna y la flora al alcance de sus manos.

Estando enfermo imaginaba hospitales museos, bibliotecas alegres y enfermeras bellas para curarme antes. Muchos años después, ya restablecido, cuando entré por primera vez en la biblioteca de Arroyo de la Miel corroboré la premonición onírica: estaba despierto en un salón amplio, casi nuevo, moderno, de techo alto, con amplias y espaciadas mesas llenas de atractivos lectores de todas edades (el ensimismamiento frente a un texto excita, al menos, la curiosidad), en silencio rumoroso, con unos gigantescos ventanales, por los que penetraba la luz y la alegría del sol invernal, a través de los cuales, sentado, se podía ver en el alféizar pavos reales y el Mediterráneo.

Un mar de conocimientos en letra impresa, en audio y en imágenes, al alcance de los ojos y oídos para la satisfacción cosmopolita del intelecto y el placer estético: un paraíso gratuito al alcance de los usuarios, tengan o no lugar o medios para aprender, informarse y disfrutar. Con timoneles eficientes, de tu mismo lado, también el turismo cultural es una realidad.

En 1995 fue inaugurado el Parque de la Paloma. Casi nueve hectáreas de espacio verde, con 126 especies de árboles y arbustos, para el solaz del visitante. Y visitantes son todos los animales racionales que lo eligen para testear sus orígenes, y los irracionales que ejemplifican la convivencia biológica. Conejos, pollos, gallinas, patos, cisnes, pavos, avestruces, cabras, corporizan lo virtual, fraternizan, enseñan y enternecen a niños, padres, abuelos y jubilados de todas las nacionalidades.

El ecosistema, modificado con respeto, mantiene la tradición árabe y canta el agua en cascadas, fuentes y surtidores. Desde el nivel bajo del lago hasta la altura máxima, el paisaje acumula la sabiduría de los libros abiertos en la escultura metálica que se alza en el puente de la biblioteca, a cuyos pies el agua corre entre cañaverales de bambú y plantas exóticas.

Problemas que dan vueltas en la cabeza, se oxigenan con el viento sureño que mece el ciprés de Arizona; desocupados laborales redactan en la hierba currículum optimistas; violentos que se cuestionan al ver los cactos florecidos y el fruto del árbol del algodón, o recuerdan que deben afilar el estilete; parejitas nuevas y de larga vida estrenan o reciclan caricias. Cultores de la salud y del físico, ahorran el gimnasio, corren los olores y los colores de las plantas y en los aparatos instalados ponen a punto o mantienen el cuerpo sano en mente sana. Niños que corretean entre los juegos, kioscos que venden golosinas y mascotas que tiran de la correa para equipararse a las otras especies que andan sueltas.

Quizás para recordarnos el origen humano de la obra, o como metáfora de actualidad, las cuatro cabezas (¿perdidas?) que yacen en el césped se desligan de su aspecto macabro por la paz idílica del ambiente y, con el vaciado artístico de bronce, convierten la decapitación en siesta placentera de cabezas huecas, aptas para actividades lúdicas.

El Parque de la Paloma es una fiesta. En primavera la vida estalla: los gallos arrastran con más ímpetu el ala, los palomos arrullan, los conejos honran su fama prolífica, los pavos reales cortejan a sus hembras abriendo la cola y, si vuelan, ruborizan al arco iris que corona el surtidor del lago y al reino vegetal que viste con todo su esplendor. En verano hasta los gusanos viven. En otoño los nuevos colores, rojos, amarillos, naranjas, cautivarían a cualquier cineasta que quisiera filmar los exteriores de su película. En invierno, la Biblioteca Municipal se nutre con más tiempo libre, renueva y vigoriza con transfusión de sangre estudiantil. Para Navidad organiza el mercadillo de los libros solidarios, que aporta el Museo Picasso. Por el precio de un euro, sirven de regalo para los peques y se colabora con una causa justa: cuidar de forma especial el final de la vida. Nacer, morir, quizás vivir con dignidad.