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El hebreo es el idioma oficial en Israel, además del árabe. Aunque aquí casi todo el mundo habla inglés, los israelíes se entienden en este curioso idioma que tiene nada menos que 30 siglos pero hasta hace poco más de cien años era una lengua muerta. Su evolución ha sido, en cierto modo, paralela a la del pueblo judío.

Parece imposible que haya sobrevivido durante tanto tiempo. Al margen de la Biblia, los primeros textos escritos que se conocen en hebreo son de 1.000 años antes del nacimiento de Cristo. Al igual que el pueblo judío, su supervivencia está en gran medida vinculada a los textos bíblicos y al nacimiento del Estado de Israel.

El hebreo dejó de hablarse en el siglo I a.C. De hecho, Cristo no hablaba hebreo, sino arameo, la lengua que se impuso en Palestina tras la decadencia del idioma de su pueblo. A partir de ese momento, la lengua hebrea se mantuvo como lenguaje litúrgico, literario y científico, si bien poco a poco dejó de hablarse entre los judíos. Con la diáspora y su dispersión por todo el mundo a partir del siglo I de nuestra era, los judíos adoptaron otras lenguas, normalmente las de los países en los que vivían.

Entre los judíos de la diáspora surgieron dos variantes idiomáticas: el yídis, muy vinculado al alemán, en Centro Europa; y el judeoespañol o ladino, entre los judíos de la península ibérica. Esta división interna existe aún hoy día y agrupa a los askenazíes de un lado (descendientes de los judíos de Europa Central y los países eslavos) y a los sefardíes, descendientes de los judíos que salieron de España en 1492, instalándose en distintos sitios del Mediterráneo, desde el Norte de África hasta Turquía y los Balcanes. Esta división es aún fundamental en Israel.

En el siglo XIX, cuando empieza a cobrar forma política la idea milenaria del regreso de los judíos a Tierra Santa, el hebreo era poco menos que una reliquia que sólo conocían algunos rabinos estudiosos y se escuchaba en las sinagogas del corazón de Europa, una especie de Latín preconciliar. Paralelamente al movimiento político, surgen las primeras publicaciones en hebreo, pero es Eliezer Ben Yehuda, quien emigra a Palestina en 1881 el que da forma al hebreo moderno, actualizando su gramática, adoptando palabras de otros idiomas como el turco, el árabe, el inglés o el español, para designar objetos nuevos, en un proceso que algunos consideraron blasfemo, por tratarse del lenguaje sagrado de la Torá.

Elegir el hebreo como idioma requirió enormes esfuerzos por parte del Estado. Al principio, la mayoría de los que emigraban a Israel hablaban yídis, porque provenían de Europa, pero el trauma de la Shoah favoreció la inmersión lingüística. Han sido necesario enseñar esta lengua arcaica a gentes procedentes de lugares tan diversos como Polonia, Marruecos, Argentina, Etiopía, Irak o la India. Hoy día, el hebreo está vivo y es la lengua corriente de 7 millones de personas. El yídis y el ladino, sin embargo, están confinados a algunas familias y a unos pocos departamentos universitarios encargados de su estudio y su conservación.

Yo llevo meses estudiándolo y aunque no lo hablo aún, sumergirme en sus misterios me está ayudando a comprender un poco las claves de este singular pueblo y de su cultura milenaria.