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Hablar de campos de golf en Menorca es, históricamente, mentar la bicha. En una pequeña isla que ha sabido preservar su paisaje mejor que Mallorca y Eivissa (gracias al ejemplar equilibrio entre los sectores agrario, industrial y turístico, lamentablemente desaparecido), cualquier intervención en el territorio que pueda ser irreversible causa un lógico temor. Además, en la memoria colectiva están iniciativas que iban asociadas a un desarrollo escasamente sostenible. El sueño de Shangri-La en Es Grau era una pesadilla que afortunadamente la sociedad menorquina supo parar a tiempo.

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Si nos ceñimos estrictamente a lo deportivo, el golf no tiene por qué verse estigmatizado, como no lo es, por ejemplo, construir una ciudad deportiva de fútbol, un hipódromo o un complejo acuático. Las dudas, vienen por sus dimensiones, la ubicación, los posibles efectos medioambientales y si va o no asociado a una oferta urbanística.

Ahora Alaior tiene un proyecto encima de la mesa y Sant Lluís puede que también lo tenga en breve. ¿Hay que rechazarlos de entrada? La primera de las propuestas parece, a falta de conocer más detalles, muy alejada de aquel Shangri-La. Si el campo cumple con las exigencias medioambientales, genera riqueza y revaloriza una de las principales zonas turísticas ya consolidadas habría que darle como mínimo la oportunidad de estudiarlo. El no "porque no" es poco argumento.