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La música me acompaña desde que me levanto hasta que me acuesto. La primera sintonía de la mañana se la debo cada día, durante el curso escolar, a los responsables de un colegio cercano. No falla, a las 9 de la mañana los altavoces del centro me regalan algún "hit". Ya me hubiera gustado que en mi época de estudiante reclamarán mi presencia en las aulas al ritmo del "Highway to hell" de AC/DC. Sin duda, quien elige el tema cada día no carece de sentido del humor ni de un ramalazo rocanrolero. Pero hay que decir que su colección de canciones es amplia, de Serrat a Ja T'ho Diré pasando por los mismísimos Guns & Roses, entre muchos otros artistas.

El resto del día ya me encargo de "pinchar" yo mismo en función de la tarea que me toca desempeñar, pero con cierta querencia por melodías más bien tristes. Serán los tiempos.

Hablaba hace poco con un amigo al que precisamente no le está sonriendo la vida demasiado, y llegamos ambos a la conclusión, tras confesarnos nuestras penas, que menos mal que nos queda la música. Siempre ávidos por conocer las novedades pero sin olvidarnos de los clásicos, a los que acabamos recurriendo casi a diario. Pues eso, que no pare la música, que suene más alta y, si se puede, un poco más alegre. "En verdad, si no fuera por la música, habría más razones para volverse loco", decía Tchaikovski. Y razón no le faltaba.