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"¡Están locos esos romanos!", mascullo para mí, remedando a Astérix y Obélix, cada vez que veo en los medios alguna hazaña de audaces alpinistas o de otras aguerridas gentes que se lanzan al vacío atadas a un trapo con cuerdas, o se deslizan por la cresta de una ola imposible. Pero no hace falta ir tan lejos (¡ay, aquellas montañas no tan lejanas de nuestro Ansar!), sino acercarnos mediáticamente a los llamados sanfermines, por ejemplo. ¿De qué planeta provendrán esos mozos talluditos que parecen disfrutar tanto corriendo delante de unos astados enloquecidos que inevitablemente acaban por ensartar por el orto a alguno de ellos?

Los feligreses de la religión de los porucs, eufemísticamente llamados "prudentes", no acabamos de comprender gustos tan extravagantes, y nos decantamos por costumbres tan aburridamente burguesas como ir a playas con chiringuito donde comer un arroz pasable ( sin aspirar a la gloriosa sofisticación ibicenca con sus melosos a quinientos metros de la arena), pasear salmonete arriba salmonete abajo, sentarnos a la orilla del mar con una cerveza en la mano, ir de viaje a Londres, París o Berlín o, como el escribidor ahora mismo, quedarse bajo el árbol centenario que lo acoge amorosamente con su fresca protectora sombra.

Arguyen los locos aventureros que sus actividades les producen un subidón, lo cual debe ser parecido a lo que provocó a mí un legendario 2-6 en el Bernabéu, que vi desde mi casa con un rioja en la mano derecha mientras acariciaba a Tronya con la izquierda. O cuando a principios de este verano navegaba plácidamente por el Rhin contemplando viñedos y castillos mientras peroraba, tras media botella de vino, sobre la fugacidad de la vida. O cuando hablaba para mis paisanos desde el balcón del Ayuntamiento guiñando el ojo a la pequeña Inés que observaba desde primera fila cómo investían caballero mahonés a su abuelo…

En fin, placeres nada arriscados, propios de altos oficiales de la legión de los porucs, todos ellos declarados inútiles para ejércitos convencionales; fieles seguidores del amigo Fernando Savater, a quien tuve ocasión de abrazar este verano en el teatro Principal, para disentir luego amistosamente vía e-mail sobre alguno de sus planteamientos, y que en su día nos enseñara que el secreto de la felicidad no es otro que el desplegar costumbres sencillas y potenciar una mente compleja. Nada más y nada menos.

Cuerpo a tierra que vienen los nuestros
Premio Naranja del verano al ideólogo de las jardineras del puerto. A veces, las soluciones más sencillas son las más efectivas. Port-Maó se ha vuelto más amable y hospitalario y, con el ascensor en marcha, infinitamente más cómodo. El siguiente paso, la dirección única…

Premio Limón para quienes, amparados en mayorías absolutas, convierten en prohibiciones legislativas aquello que no les gusta (lacitos cuatribarrados, por ejemplo), muy en la línea de quienes pretenden convertir en delito lo que ellos consideran pecado. Igual son los mismos…

El papa Bergoglio defiende la laicidad del Estado, reconoce que la Iglesia ha estado ensimismada y alejada de los necesitados, insta a los jóvenes a "agitar la calle aunque no les guste a los obispos" y proclama un rotundo "¿Quién soy yo para juzgar a los gays?"… ¿Conocerá este buen hombre la historia de Juan Pablo I?

"Fin de la cita" escucho repetir una y otra vez a Rajoy entre ovaciones enfervorizadas (histéricas). El ullastre me llama al orden. Fin del artículo.