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La humanidad se podría dividir (queriendo) entre quienes adoran el ruido y la confusión y aquellos que prefieren mantenerse convenientemente apartados del decibelio y el tumulto.

Para bien o para mal me encuentro adscrito al grupo de los amantes del sosiego, que puede incluir por supuesto sus momentos razonablemente musicados.

Para mal o para mal mi lugar de trabajo se haya empotrado entre dos productores habituales de ruido. Ellos sin duda piensan que es música, pero se equivocan. Una caja de ritmos (chunda chunda) a todo lo que da el equipo puede que esté bien para bailar en una discoteca, especialmente si vas hasta las cejas de metanfetamina, pero no se agradece nada si intentas platicar con tus compañeros de sobremesa.

Durante la regata de barcos de época (aprovecho para agradecer al Club Marítimo de Mahón, al Ayuntamiento y al Consell su fructífero esfuerzo por mantener la regata a pesar de la ausencia del sponsor habitual, demostrando con ello que el atractivo de Menorca para los regatistas es superior al del famoso reloj), decía que durante esta espectacular regata se dio la desfavorable circunstancia de que mi vecino de babor agasajaba a sus invitados en el convencimiento de que una gran cantidad de decibelios de chunda chunda son garantía de éxito, mientras mi vecino de estribor no queriendo quedarse corto apostó por la misma fórmula.

Tuve (por supuesto) que apagar mi propia música (ni los Doors, ni Police, ni REM, ni mucho menos Cat Stevens o Leonard Cohen pintaban nada en este sarao) y sufrir en silencio el cruce de percusiones repetitivas y anodinas mientras no dejaban de pasar vehículos por proa (con su propio ruido adosado) gracias a que el puerto de Mahón sigue siendo la ronda de circunvalación más popular de la Isla sin que nadie haga nada para remediarlo (o quizás sea más exacto decir que no dejan de potenciarlo con las ocurrentes reordenaciones del tráfico que sufre nuestra ciudad cada temporada).

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Ignoro si existe una normativa que disuada de convertir las terrazas del puerto en discotecas. Desde luego, de existir, no se cumple.

Y no no menciono el asunto porque sea un viejuno cascarrabias (que empiezo a serlo): desafío a cualquiera a que intente hacerme sombra en la pista cuando suenan a toda pastilla los seis minutos del sex machine de James Brown; pero no me machaques los tímpanos mientras ceno o incluso mientras me tomo una copa en una terraza con la matraca de una caja de ritmos clonada, por muy moderno DJ que se tire el rollo en los mandos, cascos en ristre posando de perdonavidas.

Pero, ¿qué se puede esperar de un mundo como el que hemos construido y habitamos?

Un mundo en el que los amados líderes nos vacilan día sí día también (llevamos meses pagando unos sueldos astronómicos a un huevo de senadores y senadoras, diputados y diputadas a cambio de nada, o más exactamente, a cambio de que dediquen su tan escasa como irrelevante actividad a elegir su ubicación en el hemiciclo; que si en la mesa, que si en la presidencia, que si estoy muy poco visible en la fila de atrás etc); un mundo en el que se pueden leer en «El País» sandeces en forma de reportaje como «Seis vinos para tomar en pareja». ¿Por qué no «cuatro vinos para tomar en calzoncillos»?; o las peripecias de quien busca la sopa bioluminiscente; un mundo en el que no uno ni dos, sino millones de pavos y pavas buscan dibujos animados móvil en mano y hacen multitudinarias reuniones para festejar juntos su discapacidad (por no hablar de otras taras, esta vez letales, como la de los asesinos de inocentes al grito de dios es grande); un mundo que cada vez se sostiene más sobre algunos de los más evitables pilares de la infelicidad, tales como la aglomeración, la prisa y el ruido.

Quizás tenemos lo que nos merecemos al continuar votando a incompetentes, a corruptos, a profesionales de la consigna bien aprendida. Quizás tengamos lo que nos merecemos cuando seguimos las modas cada vez más gilipollescas sin pestañear. Quizás el ruido de las cajas de ritmos nos convenga para evitarnos el trabajo de descubrir que somos unos perfectos canelos.