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Durante muchos años hemos intentado proteger a nuestros hijos de los juegos violentos. Y mientras, los adultos hemos alimentado nuestra sed de justicia con Harry el Sucio. La cultura del héroe se contrapone al político burócrata que, sometido a los controles de la administración, muchos de ellos fruto de la desconfianza institucional, antes de actuar debe realizar un estudio, elaborar un plan y contar con mayoría suficiente para aprobarlo.

No sé si esa costumbre de desmontar el sistema que no se preocupa de nosotros es la causa del ascenso de los radicales libres, como Donald Trump o el presidente de Filipinas, Rodrigo Duterte, que declara su intención de parecerse a Hitler y de eliminar a 3 millones de drogadictos. Ambos reciben un amplio apoyo popular.

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De estos males solemos responsabilizar a los partidos tradicionales, a los políticos que no han sabido cambiar los hábitos y los discursos para no alejarse más de los ciudadanos, pero también conviene pasarse la mano por el pecho y reconocer la pobreza intelectual, la crisis ética y el individualismo de los tiempos modernos.

El voto cabreado no sirve para el cambio necesario. En la mayoría de los casos los políticos que se aprovechan de ello nos llevan a un futuro peor. Es curioso como la desconfianza con el sistema puede llevar a mucha gente a confiar en Harry el Sucio, a quien «limpia» las calles de drogadictos o que impide de forma violenta una conferencia de un líder desgastado, souvenir de la democracia, en una universidad.

La crítica y la protesta han de servir para reconstruir la confianza en las instituciones, precisamente para evitar que quienes las fomentan por sistema sean la alternativa a ellas. El populismo dejará de ser tan popular cuando los ciudadanos vean instituciones que se preocupan realmente por su vida, su empleo, sus pensiones.