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El neurocientífico Ortiz Alonso dice que «el corazón no tiene ningún sentimiento». Desde esa reflexión científica uno se siente legitimado para afirmar que desde que el mundo existe le hemos dado al corazón unas facultades que jamás tuvo siendo un error decir: esta persona tiene buen corazón. Los sentimientos los rige el cerebro, el corazón es solo un músculo, una víscera, un receptor de una estimulación que se forma únicamente en el cerebro. Todo eso de «te quiero con todo mi corazón» es romántico, qué duda cabe, pero tiene de cierto lo mismo que tendría si dijéramos «te quiero con todos mis riñones o con todo mi páncreas o con toda mi vesícula». Desde que hay trasplantados de corazón, colateralmente se puede afirmar que sus sentimientos no han cambiado lo más mínimo, es decir, el trasplantado ama a quien amaba antes del trasplante. En la mayoría de los casos no llega a conocer ni el entorno familiar del donante.

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Sé que esto hace añicos la mística de la poesía amatoria y hasta los amantes que han pasado a la historia por amarse tanto, como los amantes de Teruel o el Romeo y Julieta de la inmortal obra de Shakespeare. Personalmente prefiero que las cosas sigan como siempre, no me veo en mis cartas de amor epistolar diciendo a una señora: «Querida, te amo con todo mi pie». Se lo digo a ustedes de corazón porque eso de amar con un pie suena fatal.

Ya digo, tener un gran corazón, tener un corazón de oro, me dio la corazonada, todo en puridad no es otra cosa que la utilización equivocada de una víscera que hemos mitificado. Una víscera, sí, pero quizás la más perfecta de las que tenemos en el resto del cuerpo.