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En la tarde lluviosa y romana de aquel 13 de marzo Jorge Bergoglio se convirtió en Francisco, en el papa Francisco. El primer pontífice de habla hispana y también jesuita al frente de la Iglesia católica.

Cinco años que han transcurrido con rapidez, con decisiones cuestionadas desde algunos sectores, pero con la firme decisión de difundir y aplicar sin miedo la esencia del Evangelio. Este martes no ha habido ninguna celebración especial en el Vaticano, porque aquel papa que vino del fin del mundo no ha alterado su agenda, fiel a la vocación de servicio de un obispo, aunque sea el primero de todos los prelados y ejerza desde la responsabilidad histórica de la cátedra de San Pedro.

De Bergoglio a Francisco, un papa austero que para sus desplazamientos emplea un modesto utilitario y que renunció a vivir en el Palacio Apostólico al elegir una de las habitaciones de la Casa Santa Marta. Con sólida preparación teológica y experiencia pastoral ha demostrado ser un hombre de acción al afrontar reticencias y recelos para desarrollar un programa renovador cuyas raíces hallamos en el Concilio Vaticano II. Para ello promueve la colegialidad y la sinodalidad, subrayando el compromiso de la Iglesia con el medio ambiente a través de la encíclica "Laudato Si", y su sentido universal con "Amoris Laetitia". Todo empezó con la inesperada renuncia de Benedicto XVI. El papa Ratzinger comprendió que no podía continuar. El entonces arzobispo de Buenos Aires, que contaba 76 años, ya se preparaba para la jubilación. Llegó a Roma para participar en el cónclave con la maleta preparada para regresar a Argentina, pero olvidó que en el anterior cónclave fue el segundo candidato más votado.

Antes de aceptar pidió a los cardenales, en la Capilla Sixtina, la votación de confirmación. Cosechó más votos y entonces decidió llamarse Francisco, por el santo de Asís, protector de los pobres y de la naturaleza.