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Subir al avión hoy es como montar en el autobús. Se ha democratizado tanto el transporte aéreo que se producen vergonzosas situaciones como la que relatamos hoy en la página cinco, pasajeros que casi se enzarzan en la disputa absurda por decidir el destino de un avión de Vueling. Vaya veranito que nos ha dado la compañía que más menorquines transporta y que va a cerrar una temporada líder en retrasos y cancelaciones. Eso sí, dando la cara y asumiendo ante los pasajeros la indemnización legal por sus incumplimientos.

Está lejano ya -lo siento por los jóvenes que no lo conocieron- el servicio que prestó Aviaco con sus DC-9, que durante algunas décadas fue una especie de compañía de bandera menorquina. Sufrió en Barajas una de las peores tragedias de la aviación española y aquí vivimos el incidente del «Castillo de Argüeso», un avión así llamado que tocó roca en la maniobra de aterrizaje por la aparición de una repentina y espesa niebla. Con el fuselaje dañado regresó a Palma y tomó tierra sin problemas. Algunos amigos que viajaban en el vuelo me lo han relatado más de una vez, volvieron a nacer.

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No es lo que quería recordar sino la simbiosis de familiaridad y profesionalidad en el trato con el pasajero y la receptividad a las reivindicaciones menorquinas de aquella filial de Iberia. Cuando hubo quejas por la implantación de los primeros turbohélices (los fokker) los retiraron de las líneas insulares, aunque curiosamente han regresado después porque son los aparatos idóneos para distancias cortas.

La aviación tenía entonces un marchamo de calidad perdido hoy entre las batallas de las low cost y las guerras de tarifas. En las Islas, hemos avanzando en el descuento de residente, sobre todo los mallorquines, pero hemos perdido aquella distinción de volar con Aviaco. Tampoco había mucho más para elegir.