TW

Según el oficio, una persona puede ser de una manera o de otra. Cuando nos acercamos a una mujer que recientemente ha terminado la carrera de medicina, difícilmente librará de no hacer para ella un mínimo diagnóstico; lo que sabe de medicina la llevará a tener en cuenta si tosemos, si somos o no obesos, si la alopecia ha encontrado nuestra cabeza atractiva para organizarnos un desfalco capilar. Pensará también si un odontólogo debería darnos una ayuda bucal; si aquel compañero de universidad que optó por la oftalmología no debería de mirarnos nuestra presbicia que ya no podemos ocultar; si su amiga la logopeda no debería corregir la puñetera «erre» que se nos apalanca en la fonética cuando nos aceleramos.

Noticias relacionadas

En lo personal puedo decir que tengo una amiga arqueóloga y en la medida que voy cumpliendo años, y soy cada año un año más viejo, ella me encuentra cada año más interesante. Lo achaco a una deformación profesional, si no, no se explica, y menos mal que mi amiga es arqueóloga, si fuera una profesional en el mundo de las antigüedades, cualquiera sabe que lisonja me soltaría. Hay oficios que no tienen causa-efecto hacia la pareja, por el contrario, otros tienen consecuencias.

Imagínense por un instante una pareja, así mirados un poco apartadamente, se les ve una pareja perfecta, hasta que uno descubre que cada cual es de un partido político diferente, como mis amigos Juan de la Fuente y Cata Cantallops; uno es socialista, la otra pepera y además pepera natural, porque es rubia con el pelo largo y muy elegantota. Se gustaron un día de colegio electoral y desde entonces liaron los peines, y a día de hoy les sigue dando buenos resultados; como son inteligentes, pactaron que jamás hablarían de política.