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Insiste el Partido Popular en hacer suyo el ciclón que ha pasado por la Comunidad de Madrid bajo el control unidireccional de Isabel Díaz Ayuso. Pero se equivoca porque ha sido la periodista madrileña, que no el partido, la que ha aniquilado al PSOE no tanto por lo que ha dicho sino por cómo lo ha dicho, no tanto por lo que ha prometido sino por lo que ha hecho durante la gestión de la pandemia en aquel territorio.

No será Ayuso la mejor oradora, aunque tenga ocurrencias más o menos espontáneas y muy ingeniosas, tampoco la fiel representación del equilibrio, sino más bien otra mutación del populismo desatado que, sin embargo, ha podido con el aparato del gobierno y la campaña que le han orquestado en su contra a medida que emergía su fortaleza entre la gente.

El mérito es, por tanto, personal, por más que Pablo Casado y el partido se suban a lomos de la ínclita política madrileña para aprovechar el viento a favor de su aplastante triunfo.

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Pero ni Casado es Ayuso, a nivel nacional, ni tampoco lo es Gabriel Company en el estrato balear por más que en su visita a Alaior el miércoles diera por hecho que el triunfo del PP en Madrid es un signo inequívoco del cambio que se avecina.

La estrategia percutora de la formación balear, a dos años vista de las elecciones puede acabar jugando en su contra. Si a ese largo plazo el discurso ya se ha endurecido hasta los niveles de acusar a un conseller -Iago Negueruela- de insultar y amenazar a empresarios y periodistas, puede acabar con carestía de mensajes que conciten la atención del votante.

Además de esmerarse en tirar por tierra la gestión de Armengol, como le corresponde en la oposición, bien harían Company y el PP, si empiezan a trabajar ya para las elecciones, en comenzar a plantear alternativas claras antes de seguir por el camino obsesivo del descrédito al Govern.