Son las 17.55 del lunes cuatro de octubre de 2021. Intentas, inútilmente, remitir un WhatsApp a una amiga. Te trasladas del dormitorio al comedor, cuestión de cobertura. El mensaje permanece en hibernación. Reiteras tu acción. Sin novedad en el frente. Nervioso, ya, accedes a «Ajustes» y compruebas tus conexiones. Todo parece estar en orden. Reinicias el móvil, por aquello de que, en ocasiones, apagar y encender de nuevo obra milagros. No se dan. Arrecia el nerviosismo. Compruebas tu correo electrónico. Esperas un mensaje de cierta importancia. Funciona. Respiras… Colgado de la pared, un viejo teléfono, de los de meter el dedo en la hendidura, parece sonreírte, burlón… Nuevos e infructuosos intentos…

18.20. Calculas la hora de cierre de esa tienda de telefonía. No andas sobrado. Te vistes, agarras las llaves y la mascarilla y te precipitas hacia la calle. ¿Qué le ocurre a tu WhatsApp? Sientes, incluso, hasta cierta desazón. La puerta de entrada del comercio aparece precedida por una larga comitiva de personas angustiadas. Susurros… Una dependienta, caracterizada por su buen hacer y simpatía, se hace cargo de la situación, proclamando en voz alta que vuestros móviles funcionan bien, que WhatsApp «ha caído», que tarde o temprano se restablecerá... El cortejo se disuelve, entre suspiros de alivio… «¡Joder, qué ansiedad!» -vocifera una mujer, dicharachera ella-.

Y, entonces, de repente, te sientes mal… Porque percibes, con nitidez, las cadenas que te han puesto, esas que, no por invisibles, dejan de ser tales; porque tomas conciencia de la esclavitud que tú has aceptado y pagas; porque constatas tu incoherencia al ser dependiente de una droga que, frecuentemente -como ahora- has criticado en tus artículos…

DE REGRESO, rehúyes espejos y escaparates por miedo a no verte, por temor a vislumbrar en ellos una marioneta zarandeada por no se sabe quién y que lleva tu nombre… ¿Dónde estará Espartaco, el libertador?

Después, sobre tu cama, mirando la nada de un techo en blanco, reconoces tu dependencia y, al evocar tu loca prisa por subsanar lo antes posible el estropicio del WhatsApp, te preguntas por qué no te urgió tanto esa visita al que sabes solo y con problemas de movilidad, por qué no fue tan imperiosa esa petición de perdón, por qué no te resultó tan acuciante socorrer a quien podías socorrer, por qué no juzgaste tan apremiante pisar la habitación 202 del Hospital, por qué no consideraste urgentes tantas y tantas cosas que, y a diferencia de un ‘servidor’ (¡menuda ironía!), hubieran mejorado, modestamente, tu pequeño mundo…

El viejo teléfono te gesticula con desaprobación…

YA NO ESCUCHAS hoy -te dices- la voz de quien, desde la lejanía, te ‘habla’ vía mensajito, ni percibes su tono, ni su volumen, los que, frecuentemente, delataban, más allá de los vocablos, estados de ánimo… Ya no contemplas, al ‘conversar’, sus ojos, esos que tanto decían… Ya no puedes averiguar si sus manos tiemblan o no, o percatarte de lo que ellas expresan… Ya no… Ya no hay personas emitiendo bellísimos contenidos con cada recodo de su cuerpo… Solo quedan unas palabras escritas, frecuentemente mal hilvanadas, junto a una diminuta fotografía presa en un pequeño círculo bajo un fondo verde oscuro… Cuando no un simple ‘emoticono’…   

En los encuentros pretecnológicos las puertas solían estar generalmente abiertas y las terrazas de los bares jamás ‘se caían’… Y los emisores y    receptores se miraban cara a cara, como los duelistas de los mejores westerns, pero, en esta ocasión, con amigables retos…

Mañana intentarás pasar veinticuatro horas con el móvil apagado. Mañana procurarás no acceder a Google (a la postre, quien dirige el cotarro podrá pasar un día sin vigilar tu aburrida vida). Mañana no remitirás ningún email. Mañana te apuntarás a «WhatsApp- dependientes anónimos». Y, de no existir, promoverás su creación… Mañana –y aunque solo sea por un día- sajarás tus cadenas…

Porque mañana únicamente te urgirá esa visita a ese inválido, una petición de perdón y pisar la habitación 202 de un hospital…