¿Cómo llevan esa cosa del vivir, queridos lectores? Espero que sobrellevando sus males lo mejor posible y disfrutando a tope de esos ratitos de gustera que provocan una charla con un amigo, una cerveza fresquita, un rayo de sol en la cara, el abrazo de la persona amada, caminar descalzo por la playa después de meses de castigar a nuestros pies con los claustrofóbicos calcetines; un libro que te mueve las neuronas, una película que te saca unas risas, un paseo que te oxigena la sangre, una siesta que te resucita, o cualquier cosa que a ustedes les dé el placer necesario para seguir transitando sin tener siempre la cara de la rabia y la frustración, vamos, esa carita que se les pone a los «señoros fachos neoliberales» cada vez que una sociedad progresa hacia los derechos que todas y todos deberíamos tener independientemente de si nos huelen los pies, nos gusta llevar el pelo de color rosa, o nos parece que Eurovisión es un truño hortera. Que todos podamos ser lo raros, o no, que nos dé la gana, y no por eso debamos sufrir los golpes de los casposos que quieren que toda la sociedad sea del color que a ellos les sale de la esvástica.

Les tengo que contar que en estos últimos siete días han pasado un par de cositas que me producen cierta intranquilidad, la primera son las fotos virales de los brazos de la reina, tiene unos bíceps que son la envidia de Rafa Nadal, y en una pesadilla lúcida, pensé que si me diera un tortazo de medio lado con esos brazacos me convertía en monárquico por obra y gracia del ictus que me iba a provocar. Y la segunda, como una persona de un enorme talento literario, un escritor que seguro que pasa a la historia como uno de los grandes, puede devenir en una persona de ideas trogloditas y cuanto menos filofascistas y hacerse amiguito de Bolsonaro. Voy a ser muy bruto, pero para envejecer, ideológicamente,  como Vargas Llosa prefiero ahorrarme el viaje.

Y no es el único, ver el viajecito que han hecho algunos desde la calle y la americana de pana, a los yates y los trajes hechos a medida, me da la misma grima que a un vampiro el ajo, que a Indiana Jones las serpientes, que a un youtuber pagar impuestos, que a Vasile la televisión sin basura y que a Ferreras e Inda el periodismo honesto. Esa mutación de ideales nobles, a la ausencia total de principios, esa venta del alma por un puñado de dólares me produce la misma repugnancia que a Mafalda la sopa, que a un vegano un chuletón de buey, que a un rey la palabra «república» o la palabra «guillotina» y que a un influencer salir en un selfie sin filtros.

Y me mojo del todo, a lo loco y sin frenos, no todas las opiniones son respetables. Una opinión basada en los datos, en el estudio, en el diálogo, en el contraste, en la duda, en la razón, tiene una validez; en cambio otra basada en la mentira, la ignorancia, el monólogo clasista, lo categórico en forma de soflama, el fanatismo y la violencia, vale una mierda pinchada en una palo. Así que «señoros» del mundo, ya ven lo que importa su opinión respecto a los derechos de las mujeres y lo que deben o no hacer con su cuerpo, nada de nada.

Concluyendo, a disfrutar todo lo que se pueda, a sacarle los colores y las vergüenzas a los que van de salvapatrias, a recuperar las viñetas de Quino y la gran Mafalda por su rabiosa actualidad y a tomarse estos artículos, y lo que en ellos opino, con la importancia que realmente tienen, ninguna. Sin embargo, mientras la cerveza siga fresquita, ahí estaremos. Feliz jueves.

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