A los mayores les gustan las cifras. Cuando se les habla de un nuevo amigo, jamás preguntan sobre lo esencial»

Antoine de Saint-Exupery

Hay guetos tan sutiles que resultan imperceptibles. Se puede, incluso, vivir en ellos sin tener plena conciencia del empadronamiento. Su existencia data de muy antiguo y sus muros se elaboran con racismo, prejuicios, orgullo, prepotencia y... Podríamos remontarnos a la Grecia Clásica o antes. B.Farrington ya aludía a ellos en su espléndido ensayo «Mano y Cerebro en la Antigua Grecia». En esa obra, el autor denunciaba, por una parte, el desprecio que se sentía en la época clásica por las tareas de orden manual y, por otra,    la admiración que suscitaban las intelectuales. Una dicotomía, pues, clarísima entre –por decirlo de alguna manera- «malos» y «buenos», guetos, a la postre…

- Algo felizmente superado -te comentas-.

- ¿Superado? -te preguntas-.

Mahón. Años sesenta. La ciudad perecía en la Explanada. En ella estaban sus    lindes. El extrarradio lo formaban un pedazo de Vasallo, una incipiente J.M. Quadrado y viñedos… Ahí se alzaba la Escuela de Artes y Oficios, «Sa Maes», un centro de formación profesional. A escasos metros, pero a kilómetros de distancia socialmente hablando, el «Instituto». Otros dos guetos clarísimos edificados por las clases sociales. A «Sa Maes» acudían los alumnos pobres, esos que, ni en sueños, podrían acceder jamás a unos estudios universitarios. Al «Insti», los hijos de las familias pudientes… Recordar aquello, tener conciencia de que fue real, de que ocurrió, te produce aún hoy una profundísima tristeza adobada, puntualmente, por una más que justificada rabia… No importaban entonces las capacidades, ni las vocaciones, ni los anhelos profesionales de los adolescentes, ni el espíritu de trabajo y mejora, ni… tan solo era mera cuestión de cash y pedigrí, como casi todo en esta vida. Pero el racismo y el elitismo continuaban incluso dentro de la propia «Maes»: existían «los de arriba» y «los de abajo». «Los de arriba» eran los profesores que impartían clases teóricas y «los de abajo», los maestros de taller que, como señalaría Farrington, eran infravalorados por ejercer oficios con sus manos… Cuando tu padre comenzó a trabajar en el centro y alcanzó la dirección, emprendió una verdadera cruzada para acabar con esa concepción y para dar a entender a sus alumnos que nadie era mejor que nadie…

- ¡Uf!

- ¡Uf! ¿Cómo debieron sentirse «los alumnos de Sa Maes» en esa época? ¿Como apestados? ¿Como ciudadanos de segunda?

- Afortunadamente las cosas han cambiado -te iteras, aun a sabiendas de que te engañas-.

Y es que los prejuicios siguen. Durante tus treinta y ocho años de docencia percibiste todavía ese racismo; oíste a jefes de departamentos de orientación, incluso, que dirigían a alumnos con bajas calificaciones hacia la F.P. sin preguntarse, tan siquiera, el porqué de ese escaso rendimiento; viste a padres para los cuales el que su hijo estudiara en la Universidad, aún en contra de su voluntad, era signo claro de poderío personal; viste y ves como la FP seguía/sigue siendo la Cenicienta de Educación (a pesar de algunas tímidas reformas); has soportado a progenitores imbéciles que se obstinaban en que su hijo fuera abogado cuando lo que él realmente quería ser era electricista, sin entender que todas las profesiones son iguales en dignidad y sin asimilar que, siendo un «picapleitos», su hijo sería un verdadero desgraciado… Dinero, poder y posición social, sí… Nada nuevo bajo el Sol… De ahí la noticia que surgía hace poco: los grados superiores de Formación Profesional tienen vacantes el 60 por ciento de sus plazas. ¿Qué podía esperarse?

Porque -y lo sabes- pocos padres les preguntan a sus hijos: ¿qué quieres hacer profesionalmente para ser feliz? Porque de eso se trata. Y si un hijo contesta que médico, pues que ¡bendito sea Dios! Y si un hijo contesta que fontanero, pues que ¡bendito sea Dios! también. ¿O no? ¡Cambiemos, de una puñetera vez, de mentalidad para valorar, en su justa medida, unos estudios tan dignos como los más pintados!