Llueve. De manera iterada, cansina... Sin embargo, los «circos» (local, autonómico y nacional) continúan con sus espectáculos, ajenos a cuanto les rodea. De repente, el gran problema de tu isla es una escultura en forma de aguja… ¿? De esta manera, mientras la ciudadanía se entretiene al respecto con «pros» y «contras», la clase política se frota probablemente las manos… La función ha de continuar. Con, por ejemplo, esos continuos anuncios televisivos firmados por el Gobierno de España pero redactados por un «negro» denominado partido en el poder. No en vano estáis ya sumidos en plena campaña electoral… Al constatarlo, piensas que, durante los próximos meses y mientras esa parafernalia perdure, «pasaréis un humo», «las piernas os harán higo», acabaréis «crujidos», «la cosa irá grande» y, finalmente, estaréis a punto de «hacer un trueno»…

Así, y en ese «circo nacional», ha adquirido últimamente protagonismo una ministra a la que nadie adiestró -dicen- en el inteligente oficio de la rectificación. No sé si a Irene Montero le asiste o no la razón. No has leído el texto legislativo del «sí es sí». Tampoco eres jurista. Y, por lo tanto, sería de necios opinar al respecto. Tanto como ejercer de equilibrista sin red. Pero puedes, en cambio, reproducir lo que, hace casi cuarenta y cinco años, os explicó un veterano y venerado profesor de filosofía: «cuando una ley –y su aplicación– consigue los efectos contrarios a los deseados es que, simple y llanamente, no ha sido correctamente formulada». El tiempo dará la razón a quien la tenga, en términos absolutos o relativos. Pero si la propia ministra constatara que la ha «pifiado», tendría que rectificar lo que cupiera. Subsanar errores -señalan- denota sabiduría, especialmente cuando lo que está en juego es algo tan sensible, doloroso y vital. No obstante, la cosa no resulta fácil, especialmente en una nación en la que el hábito de la corrección es inexistente… ¿Dónde anida, en la actual clase política, la citada sabiduría? ¿Y la capacidad argumentativa que convence y evita la imposición o la destreza para expulsar de la acción legislativa y ejecutiva los sectarismos? ¿Dónde la grandiosidad de tender una mano o la solemnidad de una dimisión?

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Llueve. De manera iterada, cansina, sí... Tal vez por ello, de repente, te acuerdes de ese indigente que sobrevivía en la Explanada gracias a la caridad vecinal; ese que, a pesar de no poder expresarse a tenor de un ictus, fue, no obstante, capaz de rehusar, milagrosamente, una ayuda oficial. ¿Por señas? ¿Qué se habrá hecho de él? -te preguntas-. De él y de tantos… De su situación y de tantas otras… De  los problemas reales vuestros de cada día y que no venden, en el mercado de las urnas, por minoritarios… ¡Y de tantas y tantas cosas, necesarias -repites- como el pan machadiano que alimenta, física y espiritualmente o el traje que os viste!

Y cierras, precisamente, con esos versos del «Retrato» de Machado, que adquieren, aquí y ahora, para ti, un significado distinto al que le dio el autor, pero que podrían servir perfectamente para indicar qué cualidades habría de tener un político honesto. A saber: «Converso con el hombre que siempre va conmigo/ mi soliloquio es plática con ese buen amigo/ que me enseñó el secreto de la filantropía./ Y al cabo, nada os debo; me debéis cuanto he escrito./ A mi trabajo acudo, con mi dinero pago/(…) el traje que me cubre y la «mansión» que habito,/ el pan que me alimenta y el lecho en donde yago/ / Y cuando llegue el día del último viaje,/(…) me encontraréis a bordo, ligero de equipaje,/casi desnudo, como los hijos de la mar».