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Advierto que estas líneas pueden resultar aburridas: voy a filosofar. Pueden resultar también irritantes para alguien: voy a ser sincero.

Por alguna razón tiendo a darle un par de vueltas extra a las cosas. Esto me convierte en lento de reflejos (qué le vamos a hacer) y puñetero para quienes tienen todo bien encasillado en compartimentos estancos (qué le vamos a hacer)

Por ejemplo, cuando veo a Puigdemont desdiciéndose de sus palabras, aquellas que prometían decisiones irrevocables tomadas desde el reproche a Sánchez (el referido a que este se desdijera de las suyas), no alucino pepinos, lo veo normal. La experiencia me ha enseñado que la política consiste principalmente en eso: desdecirse o (ahora se puede explicar también así) «cambiar de opinión»; sacar de la foto a quien cuestiona las decisiones del líder; traicionar a quien haga falta; engañar al votante, al militante, a Maroto y al de la moto; apuñalar al compañero; en resumen, y para no aburrir: hacer lo necesario para mantener (o ganar) el poder, sabroso condimento que te permite no solo vivir bien a costa de quien vive peor que tú (precisamente debido a tus dudosas decisiones y a tus consolidados despilfarros), sino regar de favores a los tuyos, lo cual mola cantidad.

Pues bien. Yo he llegado a esa triste conclusión tras la mera observación de los hechos, cotidianos y no tan cotidianos: varios expresidentes franceses, muchos primeros ministros italianos, ingleses, españoles, por no hablar de América del    Norte, Centro y Sur (vamos a parar aquí el carro, pero habría sin duda mogollón de ejemplos en África, Asia u Oceanía) han sido condenados o resultaron más que sospechosos de haber sido más traviesos de lo que la decencia y la altura de sus responsabilidades aconsejaría.

Al parecer va en el kit.

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Sin embargo sigue habiendo (para mi sorpresa) nobles gentes que entran en política con ilusión y nobles ciudadanos que adoran a quienes les intentan (y en los casos más exitosos consiguen) manipular con su discurso más bien falsete.

2 Considero que hay decenas de cuestiones importantes para la vida en comunidad sobre las que es difícil pontificar porque son complejas. Son debatibles cuestiones como hasta dónde debe llegar la libertad individual, el aborto, la eutanasia, la pena de muerte. Es debatible si el comunismo es bueno y el capitalismo malo, o al revés, o ni lo uno ni lo otro. Hay tantas cosas importantes debatibles (incluso en el ámbito de la ciencia, en historia, en arqueología, en ética…) que me resulta difícil mantener una conversación con muchos de mis amigos, porque ellos no ven debate en nada. Todo está claro. Si dudas, si das dos vueltas a un dogma o pones en cuestión alguno de los paradigmas sagrados eres un facha o un rojo, un antisistema o un conspiranoico.

Me tienen un poco hasta las pelotas (perdonen mi campechanismo inspirado en el anterior monarca, que tanto nos enseñó sobre campechanía). Hay mucha gente solvente investigando, opinando, iluminando a quien quiera prestar atención sobre esas cuestiones espinosas que el perezoso quiere liquidar de un plumazo con el dogma y la consigna. Exponen razones de peso que inclinan diversas balanzas en varios sentidos. Hoy día están a nuestro alcance mediante un clik, el mismo click que nos puede llevar en décimas de segundo a la tontería del perrito jugando con la manguera.

Es sin duda más cómodo seguir la corriente marcada por el lider de la secta y los medios de comunicación que le orbitan (excepto si te ordenan un suicidio colectivo como ya ha pasado en memorables comidas de coco grupales), pero es más saludable escuchar a quienes debaten, especialmente si estos están sólidamente formados, no son fanáticos y además no están subvencionados por ningún partido. Aunque la experiencia te haga dudar, te enseña. Sobre todo te aleja de dogmatismos, simplificaciones estériles y especialmente de hacer el juego a quienes de tu ciega fe viven.

Nota. Por enésima vez: conozco y aprecio buenas personas dedicadas a la política. Creo no obstante que no es buen oficio (tampoco la hostelería es para tirar cohetes, by the way, y en ella ando).