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A lo largo y a lo ancho de nuestra casta política no hemos parado de ver cómo algunos de ellos se han enriquecido hasta lo    obsceno. Otros, que sin ser políticos se han servido de ellos, también han amasado una fortuna. Son los que gracias a su relación con algún político de primera fila han aprovechado su momento, caso presumiblemente del tal Koldo que en su DNI debe de figurar la frase «que dios nos ponga donde haya». No creo que dios, pero de lo que no hay duda es que quien lo puso fue un tal José Luis Ábalos. ¡Menudo asesor te buscaste! Un presunto chorizo sin escrúpulos aficionado a las armas y «coleccionista de móviles». Con la dignidad convertida en un albañal (lo digo presuntamente) porque no vaya a ser que un fiscal o un juez    diga que el presunto chorizo andaba un poco estrábico a la hora de mirar el camino de la dignidad pero que por lo demás es tan inocente como un recién nacido; esa sí que sería buena después de mandar a Ábalos que haga más triste su figura en un sillón del grupo mixto. ¿Por qué esa fiebre desatada de tanto asesor a dedo? ¿Quiénes son? ¿Qué ciencia obtusa atesoran para ser asesores? ¿Cuántos asesores puede tener un político? ¿Qué dinero se les paga? ¿Quién les paga? Pero sobre todo esa nebulosa de saber que al político que se equivoca lo suelen eliminar las urnas. ¿Al asesor quién le castiga?

Lo de los asesores es otro mundillo muy oculto para el confiado votante que ignora que no es el político que ha votado el que va a intentar resolver sus problemas. Se sorprendería si supiera que su problema está en lo que un asesor que no conoce, decida. Algunos aprovechan muy bien que el Pisuerga pasa por Valladolid para hacer su agosto.

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Pocas cosas son más tristes que enriquecerse a cuenta de unas mascarillas imprescindibles en una dura pandemia que causaba centenares de muertos diarios. Esa pandemia de chorizos forman parte de la pandemia de los corruptos de este país que degradan el noble oficio de la política convirtiéndola en hábitat hostil con una corrupción sistemática que el parlamento se ha mostrado al día de la fecha como un organismo incapaz de erradicar, por ejemplo aligerando los interminables sumarios y borrando la figura procesal del «ha prescrito» y también por supuesto endureciendo las sanciones hasta llegar a ese punto necesario para que el sinvergüenza de turno se lo piense dos veces. Mientras tanto, el tal Koldo anda de la ceca a la meca como aquellos otros que se embolsaron más de seis millones de euros y siguen en la calle en lugar de estar en la cárcel para unos cuantos años. El llamado caso Koldo tiene todo un abanico de investigados a cuenta de unas mascarillas que le sirvieron para «forrarse».

Otro caso sangrante, por poner algún ejemplo, es el caso de la familia Pujol, que estas son las horas en las que el personal ya no sabe si son presuntos corruptos o presuntos «ángeles de la guarda». ¿Pero no habíamos quedado que todos somos iguales ante la ley?

Cada vez que veo cómo les va a los que les va la justicia francamente bien, aunque solo sea a los bienaventurados del «ha prescrito», pues qué quieren que les diga, a ver cómo libran de sus tropelías algunos. Me pregunto cómo es posible que haya algún «pez» gordo en la cárcel. Por cierto, ¿qué ha sido de un tal Luis Medina, Francisco Luceño o aquel hermano de una presidenta?