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No soy lo que se dice un MacGyver. Las personas que me conocen pueden dar fe de ello. Dejando de lado el aspecto físico (aunque hay gustos para todo), la mayor diferencia entre el famoso protagonista de la serie televisiva de los 80 y mi persona humana es que él era un manitas y yo soy más bien un manazas. Vamos, que lo de "corto cable azul o rojo para evitar que estalle una bomba" no es lo mío. Pero sí que tenemos un punto en común: una entusiasta admiración por la navaja suiza. De hecho, está entre mis objetos fetiches (como las estilográficas, las radios antiguas o las máquinas de escribir). Tengo una que me regaló mi familia hace ya unos años y suele acompañarme principalmente cuando salgo de excursión. También, me ha sacado de algún que otro apuro a la hora de acometer una chapuza casera. Sin embargo, de vez en cuando la cojo y abro todos sus cachivaches simplemente por el placer de tener entre mis manos esta maravilla de la innovación. La última vez que la saqué del cajón fue el pasado día 5 tras leer en la prensa el obituario de su creador: el suizo Carl Elsener. Un hombre que hizo un imperio en torno a esta emblemática navaja de color rojo que simboliza "calidad y fiabilidad". Su lema era que "todo aquello que está bien aún se puede mejorar" y siguiendo esta máxima fue labrándose el éxito de la empresa familiar.

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Cuando acabé de leer los artículos elogiosos sobre el helvético, volví a mirar mi cuchillo de boy scout y las neuronas que todavía me quedan me llevaron a realizar unas asociaciones de ideas que terminaron en una conclusión: en el convulso mundo en el que vivimos tenemos que ser como una navaja suiza, un ente multiusos. Vamos, un MacGyver preparado para lo que nos depare el destino. Gracias Elsener.