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Algunos amigos me piden que transcriba en el blog lo que expuse en el Foro Menorca celebrado el pasado viernes en el Hotel Capri de Mahón. Aunque no lo tenía escrito, trataré de recordar lo más sustancial antes y para compensar olvidos añadiré cosas que podría haber dicho y que no dije, o sí, no recuerdo.

En fin, vayamos a ello.

Empecé por reconocer que no suelo pensar Menorca, sino que trato de disfrutarla, por lo que el ejercicio de reflexión a que me obligaba la invitación no prometía mucho. ¿Qué somos, cómo nos vemos los menorquines? A una pregunta semejante formulada a Churchil sobre los franceses, dijo que "no los conocía a todos como para poder opinar". Algo así podría decir pero no añadiría ninguna luz así que me remonté al pasado predemocrático, cuando estudiaba en la universidad y me preguntaban por mi origen. "Menorquín", contestaba y me replicaban instantáneamente "¡Ah, mallorquín!".Eran tiempos predemocráticos, decía, pero cargados de una enorme ilusión democrática, en los que llegamos a confundir instrumentos y fin. Porque la democracia es sólo un instrumento, no la Arcadia feliz en la que se resolverán todos los problemas. Es lo que podríamos llamar "adanismo", la vana ilusión de empezar de cero para llegar al paraíso. En Menorca, aterrados por el modelo turístico de Mallorca e Ibiza, caímos en una especie de adanismo turístico germen de la escasa querencia histórica de los menorquines por la industria turística, mirada siempre con recelo. Creíamos -yo era uno de los pecadores- que nuestro tradicional equilibrio ( bisutería, calzado, queso) era indestructible y que el turismo tenía que ser un simple (y despreciable) complemento, el chocolate del loro, vamos.

Luego vendría el desencanto y con él, en la isla una resignada conciencia de que necesitábamos el turismo más de lo que habíamos sospechado, así que empezamos a dedicarnos a él con aires de señorita ofendida, con displicencia y escaso rigor, con mala calidad. Pero vinieron tiempos de euforia y los menorquines nos apuntamos con armas y bagajes a los tiempos de la hipoteca globalizada, empezamos a vivir por encima de nuestras posibilidades, pero eso sí, con turismo all inclusive, dejando de lado no sólo la calidad sino también la industria tradicional, olvidando la formación profesional de los jóvenes, felices con llenarse los bolsillos en la industria turística en verano y cobrando del paro en invierno...

Hasta que el modelo salta por los aires, estallando una cuádruple crisis: la financiera del mercado desregulado, la intelectual que confunde cultura y entretenimiento (pérdida de élites, líderes), la política, con la instalación en las respectivas trincheras y la sustitución del argumento por el eslógan y la del llamado turboconsumismo. Menorca la sufre más que sus islas hermanas, instaladas en una potente inercia turística, y entra en fase de estupor ante episodios que trastocan sus certidumbres más arraigadas como los asaltos violentos a domicilios privados, o evidencias de que algo se está haciendo muy mal cuando nuestra ancestral feria de bisutería marcha a Palma o cuando no se facilita la instalación en la isla de proyectos tan interesantes como el de la bodega de Torralbenc Vell.

¿Y el futuro? Pienso que a corto y medio plazo es preocupante, pero a largo plazo, el grado de preservación actual de nuestra isla nos confiere un plus precioso para hacer las cosas bien si nos ponemos las pilas: un modelo singularizado basado en nuestras calas vírgenes, el camí de cavalls, nuestro acervo prehistórico, la época de las dominaciones inglesa y francesa, nuestro peculiarísimo siglo XVIII, nuestra afición operística... ¿Por qué no especializar nuestro fantástico teatro principal en ópera mozartiana durante todo el año? Intentar atraer residentes de renta media-alta, jubilados europeos, localización de empresas o de departamentos de empresas a lo largo del año...Pero para ello, la sociedad civil, la tradicionalmente activa y brillante sociedad civil menorquina, debe despertar de su letargo, olvidarse del corrosivo pel que és Menorca n'hi ha prou y ponerse manos a la obra. Ya no nos podemos permitir una cosa que estigui bé sino que hay que hacerlo definitivamente bien. Nos va el futuro en ello.