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Pocas cosas atraen tanto la vista al mirar cualquier paisaje como un faro. Da igual que se trate de la única construcción en muchas millas a la redonda o que se halle próximo a alguna población: siempre destacará de su entorno como seña de identidad, punto de referencia, objeto y fin de un paseo. Un faro es lugar de contemplación, donde pensar no es imprescindible.

Quizá a causa de la fuerza expresiva que emana de su imagen, el faro nos interesa más como elemento de evocación romántica que como lo que realmente es: un centro de señales. Por eso sabemos muy poco de su funcionamiento y menos aún de quienes viven en él. La de torrero, que ese fue su primer nombre, es una profesión discreta, desconocida casi, a pesar de que el papel de quienes se dedican a ella es primordial para el tráfico marítimo de un país con más de 3.000 kilómetros de costa. Su vida laboral va indisolublemente unida a los progresos científicos y la aparición de nuevos métodos de aviso a navegantes. Su vida personal también.

Durante siglos, los pocos faros que en España hubo fueron herencia de romanos, como la Torre de Hércules y los faros de Chipiona o Porto Pi, aprovechados luego por los musulmanes. El cometido de sus servidores no era otro que mantener encendidas en lo alto de las torres las hogueras de leña o carbón, primero; las lámparas de aceite de oliva o de gas, después. Las ciencias arrinconaron aquellos peligrosos métodos y dotaron a las torres de proyectores de luz de potencia desconocida hasta entonces y mecanismos de altísima precisión. Se generalizó entonces en España la construcción de faros y comenzó la edad de oro de los torreros. Su historia es tan intensa como corta: poco más de 150 años, desde la creación en 1851 por Isabel II del Cuerpo Oficial de Torreros de Faro. De 1852 es el faro de Maó, el más antiguo de Menorca, sustituido y demolido en 1909, tras el que aparecieron los de Cavalleria, Artrutx, Isla del Aire, Ciutadella, Punta Nati y Favàritx. Las mismas ciencias han convertido a los actuales Técnicos de Sistemas de Ayuda a la Navegación en una corporación que se extingue, usurpadas sus funciones primitivas por el encendido automático de las lámparas y los centros de control a distancia.

El torrero de hoy ya no tiene que pintar su faro él mismo, ni salir en un bote a exponer su vida por salvar las de los náufragos, ni enclaustrarse en un islote o una punta, vigía continuo de un mar cercano y batiente, en estrecha y no siempre fácil convivencia con otros compañeros y sus familias, compartiendo con ellos los escasos metros de una vivienda común. Ahora es un técnico especialista en el montaje de equipos informáticos y sistemas de control. Con convenio laboral y horarios sometidos a las exigencias del servicio.

Pocos torreros viven ya de modo permanente en un faro. Pero aquél que aún lo hace sigue unido a su torre como un barco a su amarre, mitad funcionario mitad duende relojero al cuidado de una estructura tan delicada como costosa. Pendiente siempre de las condiciones meteorológicas, de las tormentas eléctricas que podrían alterar el funcionamiento de sus equipos más sensibles. Con las imágenes más hermosas de amaneceres y ocasos garantizadas a diario. Con funciones renovadas, pero con la vocación intacta.