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No hay mejor enemigo que el tonto. Por eso —lo sabes- os quieren imbéciles. El poder, hoy difuso, del dinero, también lo sabe. Lo supo siempre. Como supo igualmente que, para vencer al enemigo, no es preciso arrasarlo, basta con dejarlo sin munición… De ahí el desamor de los gobernantes por la educación o por aquellas asignaturas que, no encaminadas a la producción de algo vendible, induzcan a la reflexión y al cultivo de la sensibilidad. El desprecio por la ética, por las ciencias sociales, por la filosofía y un largo etcétera es fácilmente constatable en los planes de estudios. De ayer. De hoy. Y de mañana —temes-. Eso explicaría (y es solo un ejemplo) que el arte por excelencia del siglo XX, el cine, no tenga morada alguna en vuestro sistema educativo. No vaya a ser que viendo «Margin Call», de J.C. Chandor, os deis cuenta de que, en aras de la moneda, sois meras marionetas; que conociendo a Atticus Finch, en «Matar a un ruiseñor», nazca en vosotros el perturbador sentido de la justicia; que contemplando «La vida de los otros», de Florian Henckel von Donnersmarck, caigáis en la cuenta del incuestionable poder que, en la regeneración de los hombres y de las sociedades, puede tener el arte; que, de superficiales, paséis a ser reflexivos, sensibles y, consecuentemente, seres con un irrefrenable deseo de justicia social… No vaya a ser, en definitiva, que el enemigo deje de ser imbécil y comience a tener balas en la recámara…
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En el Instituto, en la calle, adolescentes tararean sin parar «La cobra Taka, Taka». Se divierten. La letra conmueve por su profundidad: Taka, Taka, Taka. Es la cobra Taka, Taka, Taka. Una cobra asesina. Se ha escapado de una piscina». Por curiosidad accedes a YouTube y contemplas el vídeo: un lelo, en batín, la entona, con un calcetín en la mano metido a serpiente. 250.392 reproducciones. En el Instituto, en la calle, adolescentes tararean sin parar, sí, "La cobra Taka Taka". Parecen felices. Quien mueve el poder, también. El proceso de idiotización, al que sirven con tanta eficacia las nuevas tecnologías, sigue, imparable, alcanzando ya sus últimos objetivos…».
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No hay mejor enemigo que el tonto. Por eso os quieren imbéciles. Como no hay, tampoco, mejor guerra que aquella que no se percibe como tal. Y el cénit se alcanza cuando el enemigo se asimila como amigo. Así, mientras la amable cultura de la inmediatez (los whatssapps serían un paradigma) destroza el lenguaje a través del cual se construye y expresa el razonamiento; la digerible banalidad se muda en droga y conformismo; la cómoda incultura en modelo y el egocentrismo y la ausencia de valores, tan convenientes, en anestésico global, el poder del dinero fortalece, aún más si cabe, sus raíces, para arrasar con todo lo que huela a capacidad de reacción, de solidaridad, de rebeldía ante un mundo que es, pero que no debería ser así…
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Los adolescentes siguen entonando "La cobra Taka, Taka"… Parecen felices…
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¿Lo sabes?
Lo sabes —te contestas-.

Y cuando todos seáis estúpidos y el proceso (que no por invisible, deja de ser aterrador) concluya, se os podrá vender que, para ser felices, basta con consumir. Y que la dicha es, a fin de cuentas, eso: comprar, vender, tener. Convertido así el mundo en un enorme mercado se podrá hallar, en él, de todo, menos aquello que no tenga una utilidad mercantilista. Puede, pero, que no haya libros, solo manuales de instrucciones; que no existan películas, solo escenas cosidas en 3-D; que no haya música, ni poesía, solo estúpidos estribillos; que nadie conozca la palabra ética, solo saldo; que no haya razonamiento, solo asentimiento…

Y puede que, mientras los dueños del gran chiringuito se froten las manos, vosotros vayáis deambulando por él, joviales, anestesiados, vestidos con albornoz, con un calcetín en la mano, cantando una extraña copla de una cobra peligrosa que se escapó, un día, de una piscina…