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Tu heroína jamás usó capa. Ni espada. Era consciente de que «the pen is mightier than the sword»  (la pluma es más poderosa que el sable), afortunada expresión de Edward Bulwer-Lytton. Su arma fue, efectivamente, la palabra, que puso, siempre, al servicio de causas honestas. Hoy, si estuviera en ejercicio, interrumpiría el tema a impartir impuesto por el estúpido corsé de los currículums y, pensando en Aylan Kurdi, el niño muerto en la playa de la desvergüenza, abriría en clase «El camino» de Delibes para leeros: «Pero Daniel, el Mochuelo, intuía que los niños tienen ineluctablemente la culpa de todas aquellas cosas de las que no tiene la culpa nadie». Luego, con toda probabilidad, matizaría que, de algunas de esas cosas, sí tiene la culpa algo o alguien: la  hipocresía y hueca caridad de omnipotentes dirigentes que únicamente ejercen la piedad –y a medias- al sentirse amenazados. Y hubiera cerrado –seguro- su charla magistral –no hubo de otro tipo- con Bertolt Brecht: «Ahora vienen a por mí, pero es demasiado tarde». En una de esas mañanas de instituto, en una de esas disertaciones, distinta a la descrita, pero idéntica en su rabiosa humanidad, aprendiste a asociar literatura con vida y vida con ética. Intangible, fue uno de los mejores regalos de cuantos te hicieron, porque, sobre él, intentaste edificar tu vida profesional… Tu vida, a secas.

Lo has dicho ya: jamás  usó capa, como no fuera  la de la verdad. Por eso no le cayeron los anillos al hablaros, por ejemplo, de García Lorca y de su asesinato y de su homosexualidad (temas proscritos en la posguerra que vivíais sin saberlo). Para esa dama de cien años, la mentira era como profanar la lengua que adoraba. Así aprendisteis a aborrecer la falta de honestidad y a venerar los vocablos cuando eran nítidos, transparentes…

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Con ella (cuerpo frágil, progresismo verdadero, vocación a cuestas) la literatura dejó de ser esa lista de la compra en la que únicamente se enumeraban datos y títulos, para mudarse en comprensión, asimilación, sentimiento, gozo, pasión y, a la postre –lo que más le importaba-, lección de vida. Fue, afortunadamente es –y tomas prestados versos machadianos-, en el sentido estricto de la palabra, una mujer buena, alejada de otros ilustrísimos docentes de la época que convertían las clases en un «¡Estudien!» mientras, ociosos, dejaban que el tiempo, vuestro tiempo, se desvaneciera en la nada.
No, tu heroína no llevaba capa. A no ser la de su amor, innegable, hacia sus alumnos, la de su preocupación por su futuro… Con Manrique, os hizo ver que nadie era propietario de nada. Ni eterno. Ojalá los hijos de p_ta que dirigen el cotarro lo hubieran asumido, porque, entonces, las arenas de Aylan hubieran sido otras. Y con la rima XXX de Bécquer os mostró a tragaros el orgullo, a pedir perdón y a perdonar, al enseñaros que también vosotros, en más de una estación, necesitaríais de esa amnistía… Y dejó en los umbrales de las puertas del Instituto su ideología, consciente de que adoctrinamiento y educación eran antónimos. Nunca supiste, de hecho, cómo pensaba políticamente, aunque crees que, por su irrefrenable objetividad y bonhomía, nunca acabó de estar en ninguna parte, como no fuera en la de los desheredados.

Esa heroína es una dama que, recientemente, cumplió cien años. Fue tu profesora de Literatura. Y de infinidad de cosas más. De lo poco que, probablemente, hay de bueno en ti, un porcentaje, elevadísimo, se lo debes a ella. Hablas de doña Paz Sirerol. Desde esta columna –que le dedicas- quieres confesarle que fue la responsable de que optaras por hacerte profesor de Filología Hispánica, profesión en la que te has sentido plenamente realizado y que su ejemplaridad ha estado presente, permanentemente, en tu vida. Que, cuando impartes clase, doña Paz Sirerol, de alguna manera, sigue estando ahí... Y que, al recobrarla, adquieres la certeza de que has sido, de que eres, a la postre, un ser muy afortunado…