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La jubilación se mide casi exclusivamente con criterios económicos. Se da por supuesto que es un motivo de júbilo. Además el jubilado deja de generar ingresos para el Estado y empieza a cobrar una prestación. Se convierte en una persona inútil, una carga, y en muchos casos pasa del estrés a la depresión. Y eso a los 65 años. Increíble.

Hay ex empleados de banca o trabajadores de TVE que se jubilaron a los 50 y pocos. Un chollo. Y entonces reorientaron su vida, con más o menos éxito. A nuestra profesión le dedicamos quizás una tercera parte de nuestra vida activa. Y en muchos casos, al llegar a los 65 se impone una jubilación cuando la persona, el profesional, sigue siendo productivo, creativo, útil. No está para jubilarse, por mucho que una ley lo imponga. En los médicos es significativo. La experiencia de un médico de 65 tiene más valor (en general) que la ilusión de varios MIR con sistemas de diagnóstico que anestesian el ojo clínico. Si la jubilación se mide solo por sus costes económicos significa que se respeta muy poco a las personas.

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A los que llegan a los 65 se les debería preguntar qué quieren hacer. Invitarles a continuar si son profesionales capaces o informarles de posibles actividades de voluntariado, que deberían ampliar su abanico. Un profesor de historia debería poder optar entre continuar en su puesto, seguir en el centro educativo con otro tipo de actividades para mejorar el sistema, o una actividad de voluntario como, por ejemplo, guía de museo.

No se puede ordenar la jubilación sin analizar todos los números. Pero no es conveniente decidir el futuro de las personas en función solo de criterios económicos. No todo gira alrededor del dinero. Algunas de las cosas que hacen más felices a las personas, dicen algunos expertos, son sentirse realizado en su profesión, sentirse útil y ver que aporta algo a la sociedad. ¿Por qué hay que jubilar esos valores cuando el sistema empuja hacia el retiro?