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Belarmino Menéndez es uno de los protagonistas locales de la transición de recuerdo más agradable. Quizás durante demasiados años, de los últimos, ha tenido poca presencia pública, una lástima, pero sin duda de su sabiduría y de su bondad se habrán beneficiado muchas de sus personas cercanas, algunos de los que compartían conservación y disfrutaban con escucharle.

No creo que fuera pródigo en contar batallas en primera persona, ni su papel destacado en las huelgas de la minería en León a principios de los 60, donde aprendió los valores del sindicalismo, y de donde tuvo que desaparecer conminado por un inspector de «la secreta», ni su pelea con Alfonso Guerra cuando una maniobra en el PSOE balear impidió en 1983 que Paco Triay Llopis fuera candidato al Congreso.

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Yo hacía demasiado tiempo que no hablaba con Belarmino, sin embargo el recuerdo de su trato amable, de su conversación inteligente, de la generosidad de quien está más a gusto interesándose por ti que no hablando de él, nunca se me ha borrado de la memoria. En definitiva, una persona esencialmente humana.

Mirarle a los ojos era ser consciente de los valores que hemos perdido en la política y en la sociedad desde la transición. La generosidad es considerada hoy una debilidad política, mientras que ser inflexible es un don del buen gestor. La discrepancia ya no enriquece (Belarmino era amable en las formas pero nunca dejó de expresar su opinión) mientras que ahora se premia la dócil unanimidad, la fidelidad.

Los mujeres y los hombres que protagonizaron en Menorca la transición se van poco a poco. En muchos casos su testimonio es reconocido. En otros no es así. Valdría la pena que esa historia de proyecto común, de respeto a la discrepancia, de voluntad de alcanzar acuerdos se alumbrara para que las nuevas generaciones puedan comprender que la política y el servicio público no siempre han sido como hoy.