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Hoy coinciden unas elecciones en Cataluña y el día de los enamorados, San Valentín. El enamoramiento es un estado maravilloso, aunque algunos lo critiquen o lo consideren una cursilería. Tildan el amor de ciego porque ellos no pueden verlo. En las elecciones optamos entre candidatos al poder con programas que prometen organizar la sociedad de maneras diferentes. ¡Cuántas veces nos engañan! Los que se cortejan también pueden engañarse para conseguir algo del otro, pero eso no es tanto amor como interés. Al cabo, la biología impone su ley del deseo y la sociedad intenta regular los instintos para que no se desmanden. No siempre lo consigue.

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Lo contrario de vivir enamorados es vivir enfrentados. El amor une, edifica, busca el bien de la persona amada; el enfrentamiento es divisor y destructivo. Estar enamorado es una suerte. Todo tiene sentido y, entonces, la vida es bella. Desgraciadamente, hoy es más habitual el enfrentamiento, el rencor, la falta de cohesión y las ideologías totalitarias. Es un síntoma de la grave enfermedad que padecemos: el infantilismo. Hemos renunciado a la madurez porque exige compromiso y sacrificio. La comodidad a toda costa puede llevar a la atrofia. Lo que no se ejercita, se pierde.

Ni el amor ni la democracia se pueden reducir a un día, por bonito o emocionante que nos parezca. Si estás enamorado, sabes que el amor tiene rostro. Y un mundo propio y libre, que hay que respetar y compartir.