La libertad –piensas- es como el agua que se filtra y que aparece, irreductible, de pronto, en el más inusitado de los lugares. Anteayer brotó de un plató. Un escenario se mudó en una enorme urna, una llamada telefónica en un voto yEurovisión(con la histórica victoria del grupo ucranianoKalush Orchestra propiciada por el sufragio de millones de espectadores) en una incontestable moción de censura –ganada- a Putin. Dicen por ahí que a ese psicópata lo delmicrófono de cristalse la trae floja (¡y perdonen ustedes la zafiedad!), pero tú, sin embargo, tienes serias dudas sobre el particular. El hambre de esos pequeños hombrecillos es insaciable y digieren con dificultad la censura, por muy tenue que ésta sea. Lo de anteayer (que te reconcilió con un certamen al que no te acercabas desde hacía años) fue la condena, más que explícita, de millones de personas, pertenecientes a mogollón de países, a la locura de una invasión.

Y aunque se pudo incurrir en una injusticia con respecto a la melodía ganadora real del certamen, y visto la que está cayendo, ¡bendita injusticia!     

Y te imaginas ahora a Putin, colérico, viendo el concurso. Si no fueran letales –te dices-, los dictadores serían hasta chuscos… No en vano Chaplin utilizó el humor para efectuar una demoledora crítica a Hitler: «¡Un mundo de rubios, dominado por un moreno!».

A los dictadores no les ha agradado nunca Eurovisión. O no les hubiera agradado. De hecho, cuando España perdía reiteradamente, el Enanísimo (gran pescador y constructor incansable de pantanos) aludía invariablemente a un complot judeo-masónico. En esa época de grises, el concurso era vuestra única forma de sentiros, durante dos o tres horas, europeos, mientras anhelabais, incansables, la hora en la que vuestra pertenencia a Europa fuera real, constante e inamovible. Porque eso supondría, entre otras cosas, haber acabado con un régimen represor…

Franco ya practicaba, por aquel entonces, con los estados de opinión. Los creaba cerrando bocas -y otras cosas- y proyectando noticiarios infumables Y, a falta de contrastes, os lo creíais. Hasta que, ¡bendita universidad!, algunos hombres buenos y algunos valientes educadores os abrieron los ojos. Chapeau!   

Pero nada cambia… Solo la ubicación de la locura…

Hace escasamente un mes…

Cristina, una dependienta de una preciosa tienda de es carrer de ses Moreres, de nacionalidad rusa y afincada en España,    te contaba, desesperada, como la propaganda rusa le había comido el coco a sus padres. «Creen -te comentaba, colérica- que lo de la guerra es un bulo urdido por el capitalismo y que lo de Ucrania es un mero conflicto civil provocado por un pequeño grupo de neo nazis. No logro hacerles ver la realidad…».

Pues eso…

Y ahora caes en la cuenta de que…

Tal vez los componentes del grupo ganador vayan a tener un futuro más que negro tras su regreso a su país si la cosa acaba mal…

Nada ha cambiado, no. Nada cambia. ¿Nada cambiará? Lo único que se modifica son las geolocalizaciones de los grandes totalitarismos, sus etiquetas, sus colores porque, y parafraseando a Manrique, «allegados son iguales»… Iguales en objetivos, en afanes enfermizos de poder y en crueldades. Pero anteayer, y gracias a Eurovisión, se hicieron palpables las palabras de Álex Pimentel: «Los dictadores pagan para no hacer el papel de malo en la Historia, pero no pueden pagar todo el tiempo, porque el pueblo acaba, siempre, por juzgar». Eso –y no otra cosa- fue lo que sucedió en la madrugada del domingo…

Y puestos a parafrasear, le toca el turno a Miguel Hernández. Tristes armas si no son las palabras, tristes, tristes; tristes armas si no son la cultura, la educación y la humanidad; tristes si no son las diversas manifestaciones del amor; tristes armas, si no son las notas en un pentagrama o los trazos de un pincel… En la madrugada del domingo, sí, millones de europeos utilizaron un arma, pero no fue triste. Más bien todo lo contrario…