A su avanzada edad y con tantísimos tiros de todo tipo disparados a lo largo de su existencia puede decirse que, como buen abuelete al que le resbala lo que escapa a su control, el rey Juan Carlos no se anda con excesivos miramientos a la hora de hacer lo que le viene en gana.

En el último tramo de su agitada vida plena de juegos de cama y, lamentablemente, ensuciada con la codicia de sus corruptelas para enriquecer un patrimonio excelso, el monarca emérito ha regresado al país que condujo a la democracia en loor de multitud, justo en pleno exilio dorado pero forzoso en la capital de los Emiratos Árabes.

Era inevitable el ruido mediático de su vuelta pero la exhibición pública que él ha facilitado, ajena a la discreción necesaria para una institución en horas bajas, ha contribuido a soliviantar a sus contrarios. Diríase que le ha hecho un flaquísimo favor a su hijo porque pasearse por Sanxenxo como si la cosa no fuera con él agitando la mano en ese gesto tan borbónico ha sido posible gracias a la pócima que ha mezclado la inviolabilidad de la que disfrutó durante su reinado, con la prescripción de sus delitos económicos y las regularizaciones fiscales que le han permitido eludir una causa penal.

Juan Carlos I está de vuelta y su sola presencia altera a la izquierda, mientras Pedro Sánchez lanza a sus ministros al degüello del rey, aunque él mantenga un oportunista silencio. El debate regresa, como era previsible, y hasta propicia iniciativas tan insospechadas como el concurso de glosas borbónicas que promueve Unidas Podemos en Menorca. Habrá que reconocer a la formación comunista su agilidad para albergar ocurrencias como esta, más propias de otra clase de asociaciones. Será, quizás, que al partido que gobierna el Consell junto a Més y PSOE le debe sobrar tiempo en las competencias que atiende para pergeñar tan singular competición que solo busca estimular la creatividad y favorecer la poesía, claro está, haciendo más leña del viejo rey venido a menos.