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Hay fenómenos que me parecen extraños. Uno de ellos es que tanta gente considere un buen rollo la promesa de vivir eternamente que ofrecen varias religiones. A mí me parece un marrón inconmensurable. Solo de pensarlo me dan escalofríos. No es que quiera estirar la pata pronto, pero vivir eternamente, aunque sea en el cielo lo encuentro algo exagerado. Otra cosa que me asombra es la popularidad de que goza la utopía que se atisba tras la consolidación del comunismo ideal. Debo confesar que para mí sería una tortura pensar que he de vivir en la vivienda que me asignen. Me gusta ver el puerto desde el sofá. Si me asignan una casa con vistas a una rotonda (la vivienda en el puerto es limitada, las probabilidades de que me tocase serían escasas) me deprimiría severamente. En general me deprimiría que el estado me asigne cualquier cometido, pertenencia o ideal.

Otra cosa que me resulta sorprendente es comprobar que continúa habiendo multitud de personas que creen a los políticos hasta el punto de asistir a sus mítines a ovacionarlos. He visto por ejemplo a Yolanda Díaz reunir recientemente en el antiguo matadero madrileño a un nutrido grupo de fieles dispuestos a venerarla en el marco de su «proceso de escucha». No quisiera resultar impertinente, pero quien escuchaba era el grupo de entregados parroquianos, ella en realidad hablaba y hablaba. He observado que los políticos hablan bastante. Cuando lo que van a decir (que viene preeditado) se acerca a algo parecido a un clímax (este momentazo aparece resaltado en el guión), el público, obediente, ha de comenzar a aplaudir, al principio moderadamente, quizás en respuesta a una señal de la clac, ocasión en la que el orador se empieza a venir arriba y proclama las ideas más atractivas del catálogo (en este caso olvidando que es vicepresidenta y que no debería dejar para mañana lo que pudo hacer ayer) cada vez en un tono más eufórico. A este fervor del orador responde el público con un incremento significativo del entusiasmo aplausivo y arrastra a toda la congregación a una especie de éxtasis de vítores de un lado y de atropelladas promesas de dudoso cumplimento del otro. Magnífico. Pero al verlo desde fuera da un poco de pena, o algo parecido. El discurso de la oradora (escuchadora en teoría), al ser analizado desapasionadamente resulta contener obviedades, chorradas, divagaciones que no conducen a nada y sobre todo promesas de arreglar asuntos sobre los que no explica por qué no se arreglaron durante los años que lleva en el gobierno. En fin, todo ello es un poco patético.

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Como este (quizás frívolo) análisis, un pelín corrosivo en todo caso, hace burla de una incansable luchadora izquierdista, habrá quien se consuele pensando que soy un facha machirulo francopantano. Sorry, pero no. Opinaría (y opino) lo mismo si el mitin es de Feijó o de los tipos esos de Vox cuyos nombres no recuerdo y que me da pereza buscar en Google.

Mi mayor ilusión como articulista amateur sería emular en miniatura la gesta de Lutero (salvando la enorme distancia que nos separa y sabiendo que no soy en esto pionero) cuando clavaba sus tesis en Wittenberg cuestionando las indulgencias papales. Los papas vendían un producto de coste cero y de  dudosa (y sobre todo inverificable) efectividad. Con la pasta recaudada (mucha) compraban poder y lujo. Los políticos, como los papas procuran mantener su status. No son malos, son como nosotros, defienden sus intereses (en su caso se juegan mucha pasta y poder). ¿Quien no se pelearía a cara de perro (resiliencia) por un sueldo de 80 mil pavos o más? Todo su trajín resultaría menos pestilente si no insistieran en vendernos la moto de que les importamos más allá de ambicionar nuestro voto. Convencéos hermanos: ni a los papas les importaba nuestro alma, ni a los amados líderes les importa un carajo nuestro cuerpo. El  problema está pues del lado del creyente (religioso o político que viene a ser parecido). Si van a comer de tu plato tantos gorrones al menos no les rías las gracias. No les aplaudas. No compres sus indulgencias laicas, esto es, no les votes.