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Los datos macroeconómicos son muy volubles en estos momentos. Las diferentes instituciones han ido revisando sus previsiones en los últimos meses, al albur de los cambios que se van produciendo. No hay certezas inamovibles. La economía trabaja con resortes que no están sujetos a un principio estático de regularidad: el comportamiento de los agentes económicos y de los consumidores, que no siempre es previsible. De ahí que no resulte fácil dar en el centro de la diana o aproximarse a él. En este contexto, en el momento de escribir estas palabras se ignora cuál va a ser la posición del Banco Central Europeo (BCE) en su reunión de esta misma semana: seguir subiendo los tipos o mantenerse. La encrucijada del regulador es total. Y es algo que se vive desde julio de 2022, con los inicios de subidas de los tipos de interés para controlar una inflación de dos dígitos.

El BCE ha aplicado una posología estricta, como si los precios se hubieran tensado por un aumento de la demanda: subiendo tipos de interés en diferentes ocasiones. La realidad: han sido los estrangulamientos de la oferta –en energía, por ejemplo; pero no solo–, junto a los márgenes empresariales al alza –un hecho subrayado en diferentes informes del propio BCE: los salarios apenas tiene responsabilidad– lo que ha llevado los precios a una cima determinada. Persistir en ese rigorismo monetario puede estimular una recesión cuyas orejas ya se ven en esos indicadores macroeconómicos volubles a los que nos referíamos. Lo hemos indicado en otras entregas. Cabe decir que los precios, en la Eurozona, han caído prácticamente a la mitad en un año, de poco más del 11% hace doce meses a una cifra cercana al 5,5% en la actualidad. A su vez, los pronósticos más recientes sobre el crecimiento económico de la Eurozona determinan escenarios de ralentización importante en Alemania y Francia. España se salva, inicialmente, de la quema, tanto en sus variables de incrementos del PIB –de los más elevados del espacio europeo– como en el control de los precios –de los más bajos–.

Medidas concretas ante esa recesión en ciernes, agravada por una política monetaria restrictiva, con Alemania –la locomotora– como protagonista: un programa de inversiones cercano a 32 mil millones de euros. Ese es el monto que el canciller alemán quiere poner en marcha, no sin tensiones internas en su propio gabinete y ante la mirada severa del Bundesbank. El tema remite a posiciones que deberían ser más federalistas (es decir: más Europa): las posibilidades de profundizar uniones fiscales en el territorio de la UE, con una prolongación de la metodología desplegada a raíz de la pandemia. Alargando los proyectos NGEU. Es decir: mutualizaciones tanto en el campo inversor como en el capítulo de la deuda pública y de las actuaciones, en ese terreno, del BCE. La munición inversora va a seguir siendo una vía de solución a contracciones ya serias de la demanda –tal y como ha reconocido el BCE–, con una evolución que, en pocos meses, podría cambiar de signo. Un hecho que sería igualmente preocupante: de una tendencia a la baja de la inflación, al peligro de la deflación.