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Cuando un partido gana las elecciones y logra el Gobierno, la organización como tal pasa a un relativo segundo plano. Su tarea, la del partido, es ayudar al Gobierno, no plantear problemas y para ello basta recordar cómo Alfonso Guerra mantuvo a raya al PSOE para que Felipe González gobernara con tranquilidad y José María Aznar encontró en Álvarez Cascos esa mano de hierro necesaria para mantener el orden. Sin embargo en estos casos, el partido seguía siendo el partido. Había debates, discrepancias y apoyo al líder, pero lo que se está viendo en el PSOE no tiene precedentes. Pedro Sánchez se ha hecho con el poder absoluto de este nuevo PSOE. Ha logrado una estructura a su medida en la que el debate brilla por su ausencia y que con la última renovación de la Ejecutiva ha apostado por el dos en uno, de manera que resulta difícil diferenciar entre los responsables del partido y del Gobierno.

El PSOE, este PSOE, tiene entre manos asuntos de extrema importancia y el primero y más relevante de ellos es, sin duda, la ley de amnistía. ¿Cómo es posible que algo de semejante trascendencia no haya sido objeto de un debate serio, sosegado y profundo en el seno de los socialistas? Basta recordar el acto electoral de la pasada semana en Galicia. Es como si todos se hubieran creído que Sánchez está recorriendo el camino de la amnistía por la convivencia, porque ensancha la democracia cuando en realidad aquí no hay más misterio que los siete votos de Junts. Es posible que en un intento de diferenciar planos se ha nombrado a la burgalesa Esther Muñoz como portavoz del Gobierno. Se acaba de estrenar y en la que, hasta este momento, ha sido su única intervención ha resultado ser perfectamente intercambiable con la mesa de las ruedas de prensa de Moncloa protagonizadas por Pilar Alegría.

Los tiempos cambian y si bien es obligado que partidos y responsables políticos se adecúen a las circunstancias y a los retos que día tras día se plantean en un mundo globalizado, esto no debería conllevar convertirse en algo inédito que, en mi opinión, es lo que ha ocurrido en el PSOE en el que Pedro Sánchez es más o algo distinto a un líder indiscutible. Su poder es tan rotundo y tan acompañado por el silencio acrítico de bases y responsables que ha entregado su futuro más o menos inmediato a los designios y estrategias de Moncloa de una manera tan absoluta que cuando Sánchez no esté, porque nadie es eterno, es probable que tengan que partir de cero para volver a ser ese partido dinámico, con familias, y con debates internos que siempre ha sido hasta que Pedro Sánchez se ha hecho con el poder.

De momento nada va a cambiar porque el Presidente del Gobierno ha optado por un camino que, mientras esté al frente del partido y del ejecutivo, no tiene marcha atrás, salvo que algún día, en algún momento, se diga el hasta aquí hemos llegado, cosa que no ocurrirá mientras se esté en el poder.